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Thursday, 29 May 2014

Pronto un notición

No voy a adelantaros mucho, pero pronto un notición acerca de HECHIZO DE SANGRE y la SAGA ENEMIGOS OSCUROS...
Una pista... Tiene que ver con una editorial...


Sunday, 11 May 2014

Capítulo 2 de Hechizo de Sangre






2

Debió transcurrir más de una hora desde que me durmiese, el alba se aproximaba. Algo que se movía en la oscuridad de la cripta me despertó. Había alguien o algo más en aquel tenebroso lugar, conmigo, y se aproximaba con el sigilo y la cautela de una víbora acechando a su inocente presa.
 < ¿Sería ese tipo ponzoñoso que venía de nuevo a por mí?> —Me pregunté angustiado.
No podía creer lo que me estaba pasando.
 <Si hiciera caso a mi padre y me centrase en los estudios en vez de seguir a  las chicas… me ahorraría todos esos quebraderos de cabeza, y nunca mejor dicho > —pensé.
Tenía que hacer algo rápido para salvarme. No podía gritar o alertaría a todos. No podía pedir auxilio puesto que no tenía el móvil. Ni siquiera tenía nada con qué defenderme, salvo aquella ridícula linternita. Aquella cosa estaba justo encima de mí, no había tiempo. Decidí encender la linterna como única defensa. Jamás pensé que moriría de esa forma, es más, jamás había pensado hasta ahora en que moriría… Si acaso, en alguna somnolencia de la sobremesa en el sofá, había pensado en cierta ocasión que fallecería de viejo en una esquina de un asilo, rodeado de recuerdos y las fotos de mis familiares y seres queridos.
Pero eso que me acechaba estaba ya demasiado cerca para evitarlo.
 < ¿Debía resignarme a morir?> —me dije— < ¿Era ese mi ridículo fin?>.  Cuando creí que ya estaba todo perdido, reconocí su aterciopelada voz aliviado. Era ella… Sasha.
Un intenso olor a cera quemada inundó mi olfato. Aliviado por el breve descanso al no tener que oler más esa nauseabunda pestilencia que nos rodeaba, inhalé el penetrante olor a cera quemada con desesperación. Seguidamente, noté cómo sus manos acariciaban mi sucio rostro. Sentí una eléctrica sensación que me recorrió todo el cuerpo, lástima que la cabeza casi me estalló cuando la sacudida de los nervios pasó por mi cabeza. Me atreví entonces a abrir los ojos. La cegadora luz de la vela tan próxima a mi rostro, me hizo retroceder un poco.  No podía ver con semejante claridad ya que mis ojos se habían acostumbrado durante la última hora a estar rodeados de un abismo de oscuridad. Una vez mi visión se adecuó a la luz, pude observar con mayor detalle la cripta dónde me encontraba. Decididamente era un lugar espeluznantemente aterrador. Uno de esos lugares que ves en una película de terror y en el que nunca te imaginas que podrás estar realmente. Sasha se sentó en el suelo, a mi lado, y empezó a conversar como si aquel lugar fuese el lugar más indicado para una primera cita y nos hubiésemos encontrado en un bar de copas en vez de estar rodeados de féretros.
—Veo que te has despertado. —Observó mirándome la cabeza—, siento mucho lo del golpe. Radgüll sólo pretendía protegerme. Por la apariencia y la cantidad de sangre parece que has tenido una gran hemorragia, pero ahora no corres peligro.
Parecía una experta en heridas sangrantes. Sentí la tentación de replicarle que yo era el proyecto de médico de los dos, pero al contemplar aquellos ojos azules como el cielo de la mañana después de una buena tormenta; tan llenos de vida, no pude rebatirle. Permanecí ensimismado, contemplándola como quien observa la última visión de su existencia.
Sacó algo del bolsillo. Un frasco pequeño de dudosa procedencia apareció ante mí. No tenía etiquetas ni ningún símbolo identificativo.
—Si tomas este brebaje, te curarás del todo, es un revitalizante. —Dijo mientras me acercaba un frasquito de cristal verdoso oscuro— con esta medicina recuperarás toda la sangre perdida en pocos minutos.
Asentí con la cabeza, incapaz de pronunciar palabra alguna. No sabía por qué pero confiaba total y ciegamente en ella. Ni se me pasó por la cabeza que tal vez aquello pudiera ser un veneno para acabar con mi vida de forma rápida y limpia.
—Supongo que te preguntarás qué significa toda esta situación, las preguntas se agolparan en tu mente. No te preocupes, pronto lo sabrás… estoy dispuesta a contártelo todo.
—No te preocupes, no hay nada que explicar —mentí— solo desearía marcharme, tal vez debería ir a un hospital…
Empecé a notar una levísima mejoría, e intenté incorporarme todo lo rápido que pude. Al verme, me ayudó de inmediato.
— ¿Desde cuándo te gusto? —Preguntó sin más rodeos—. Supongo que después de esta extraña situación, ya no te gustaré tanto —dijo envolviéndome con su mirada. Realmente era una ilusa si pensaba que a pesar de esa situación tan desconcertante mis sentimientos hacia ella había cambiado un ápice.
—No creas que vas a dejar de gustarme porque tu amigo sea un bestia y le guste zurrar —bromeé, notando que mi rostro volvía a los tonos magenta de nuevo.
—Háblame de ti, cuéntame qué tal es tu vida, —preguntó con el interés repentino de quien quiere ser amigo de alguien por alguna necesidad. Se acercó hasta un féretro y tomó asiento sobre tan siniestro asiento.
—Hay poco que contar —expliqué— mis padres tienen un negocio inmobiliario en el centro. Yo dedico mi tiempo a estudiar y asistir a la universidad de medicina. Mi nombre es Marc, aunque creo que ya lo sabes. El resto de nuestra familia vive en Italia. Mis padres son descendientes de italianos, pero yo soy americano.
— ¡Italia! Adoro Italia —exclamó Sasha— me encanta ese país y sus gentes tan vitales y alegres.
—Hablas como si hubieses estado allí varias veces —dije sorprendido ante la idea de que algo más nos unía.
—Estuve allí, hace más de veinte años pero… —Se detuvo de repente— quiero decir hace bastante tiempo, no en sentido literal. Parece que fui allí hace más de veinte años. Supongo que habrá cambiado muchísimo…—se corrigió mientras jugueteaba con sus cabellos, cualquier cosa para distraerme—. Lo que más me gustó fue Venecia, tan bellísima de día, pero tan misteriosa y sensual por la noche.
—Yo nunca he estado allí. Mis padres no han vuelto a visitar a su familia, al menos desde que nací yo. Siempre son ellos los que quieren venir a visitarnos. Ya sabes, esta ciudad está tan cerca de Nueva York que siempre hay algún primo que viene a visitarnos con esa excusa, así obtienen alojamiento gratuito para poder visitar la gran manzana. Ese es el motivo por el que mis padres no han necesitado ir hasta el país de mis abuelos para volver a ver a la familia. Además el viaje resulta muy costoso. Por unas cosas y otras al final el tiempo ha ido pasando y no he ido nunca. Pero quiero ir a perfeccionar mi italiano, y a conocer mis raíces… ¿Por qué no me hablas ahora un poco de ti? —le pregunté, tratando de averiguar más sobre sus gustos y aficiones. Todavía pensaba en una futura cita, olvidando la situación en la que me encontraba.
—No seas impaciente. Si de veras quieres saber algo de mí, podrás esperar a mañana… —dijo misteriosamente— supongo que estarás cansado, deberías volver a tumbarte —sugirió mientras me ayudaba a recostarme sobre sus piernas.
Como si por algún hechizo mágico se hubiese tratado, tras escuchar sus palabras noté una enorme paz interior. Todos los músculos de mi cuerpo se fueron relajando hasta que mi mente dejó poco a poco de agitarse. Placenteramente me sumí en un agradable sueño. En los últimos instantes en que el sopor se apoderó de mí, sólo pude ver sus preciosos ojos mirándome fijamente. Al lado, el milagroso frasquito del reconstituyente. Y mi último pensamiento llegó para martirizarme: ¿y si en vez de medicina… el frasco contuviese veneno?

Saturday, 10 May 2014

Primer Capítulo (Parte 2) de Hechizo de Sangre.


Os dejo el final del primer capítulo...




Conforme nos adentrábamos en el bosque la humedad de la tierra junto con el humus descomponiéndose del suelo provocaba que una espesa neblina se elevara casi a la altura de nuestras cinturas; dando la impresión que nuestros cuerpos tullidos flotaban en el aire. Esta fantasmagórica escena no invitaba a entrar en aquel intrigante lugar. La niebla no facilitaba la tarea al seguirla pues ya sólo veía un tenue reflejo de su figura en la distancia. Cuando casi había tirado la toalla, y pensé en volver a Sayville, reconocí hacia dónde se dirigía.

Siguiendo ese sendero en mitad de la noche, el único lugar al que podía dirigirse era el cementerio de Saint Anne’s.

 Un poco más tranquilo por saber hacia dónde se dirigía, alcancé a ver después de un par de kilómetros de caminata, el viejo, pero majestuoso y terrorífico lugar. Me asombré de mí mismo. No pensaba que fuese un cagueta, pero no que estuviese tan tranquilo sin sentir al menos algo de repelús al acercarme a ese lugar. Estaba seguro de que mantenía el tipo porque la estaba siguiendo a ella. Mientras a ella no le sucediese nada, yo permanecería tranquilo.

El antiquísimo cementerio construido varios siglos atrás por los primeros colonos que se establecieron en Sayville provenientes de Europa estaba rodeado de impresionantes cipreses centenarios. Esas columnas verdes se erigían como guardianes oscuros de la vida eterna, tratando de advertir a todo aquel que no se hubiese despojado de su envoltura carnal que no era bien recibido en aquel lugar.

Al viejo cementerio venían gentes de todo el estado de Nueva York e incluso del resto del país. Las gentes decían que era un lugar santo. Según contaban los fieles, allí se había aparecido un espíritu a los primeros colonos tras su llegada. También decían que albergaba una gran energía espiritual o eso había publicado no se qué médium hacía unas cuantas décadas. Por supuesto la voz se corrió y todos querían enterrar aquí a sus difuntos.

Me fue difícil localizarla en medio de tantos panteones y tumbas. Pero al fin la localicé arrodillada frente a un enorme mausoleo de mármol. Parecía como si tratase de abrir una pequeña puerta. Su delicada figura y la fragilidad de su rostro contrastaban con lo tosco del lugar que la rodeaba. Parecía una diosa descendida al mismo infierno.

De repente sentí que algo me golpeaba en la cabeza y todo se volvía oscuro, negro, sentí como mi cuerpo dejaba de responderme y se desplomaba al suelo. No sentí dolor al desplomarme, sentí que no podría protegerla. Después no sentí nada…

No sé cuánto tiempo estuve inconsciente. Lo cierto es que unas voces en la distancia me rescataron de mi estado de semiinconsciencia. Me dispuse a abrir los ojos pero no me atreví por miedo a recibir otro golpe si llegaban a descubrir que estaba consciente. Sabía que aquel golpe no había sido fortuito. Alguien me había golpeado como si hubiese querido quitarme de en medio, tal vez no deseaban que la siguiese. Pero… < ¿Por qué?> me pregunté tirado en el suelo.

Las ideas se amontonaban en mi cerebro. Se atropellaban a cada instante simulando cientos de posibilidades acerca del porqué había sido golpeado. Me dolía la cabeza de una manera insoportable, sobre todo por encima de la nuca. Noté el cuello algo húmedo, seguramente sería algo de sangre. Aun así, no me alarmé. Debía permanecer inmóvil, pese al deseo primigenio de llevarme las manos a la nuca para comprobar si no me estaría desangrando. Pero algo dentro de mí me ordenó que no moviese un solo músculo del cuerpo si quería escapar de allí. No sabía si Sasha se encontraba bien o ella también habría sido atacada.

 Poco a poco empecé a recobrar el resto de los sentidos. Quizás fue el olfato el que no dejaba trabajar metódicamente al resto. Había un repugnante olor en aquel lugar, tan insoportable que no me dejaba pensar. Era obvio que no me encontraba en un recinto al aire libre, notaba una nauseabunda humedad a lugar cerrado que nada tenía que ver con el delicioso olor a tierra mojada de unos momentos antes. El aire putrefacto que llenaba mis pulmones los colapsaba lentamente. El aire bajaba y subía por mi aparato respiratorio acariciando asquerosamente la boca del estómago, invitándole a expulsar su escaso contenido en más de una ocasión. Traté de contener las náuseas que me provocaba el ambiente que se respiraba en el lugar con todas mis ganas. Aquella pestilencia era insoportable. Fijé mi atención en las acaloradas voces que discutían a poca distancia de mi cuerpo, aparentemente inerte sobre el suelo por temor a represalias.

— ¡Sasha me da igual lo que digas! te ha visto llegar hasta aquí, te ha seguido. Hay que hacer algo con él. Encontró nuestro escondite. Este que tanto tiempo nos ha costado encontrar y en el que estamos a salvo. Ya nos advirtieron cuando vinimos a Sayville que deberíamos tomar todas las precauciones, este es su territorio. No sólo estamos en peligro nosotros, sino el plan para establecernos en este lugar estratégico. —Amenazó una voz ronca y viril en tono enfurecido—, imagínate qué pasaría si se enterasen los demás… No puede salir con vida de aquí.

— ¡No Radgüll! ¡No lo matarás! —Negó ella taxativamente—. Le conozco, es mi vecino y es un buen chico. Su familia no soportaría la pérdida. Es hijo único... sólo me siguió porque estaba preocupado por mí. El muy insensato se encaprichó de mí desde el primer día que nos vimos. Esta noche por fin se atrevió a romper el hielo y seguramente me escuchó salir de casa tan tarde y se preocupó, nada más. No intentes ver otra cosa. —trató de defenderme en tono enérgico y alterado—. Podemos devolverlo al cementerio, creerá que se golpeó con algo y cuando vuelva en sí regresará a casa por sí solo. Ya me inventaré yo una excusa para mi excursión nocturna. ¡Fin del asunto!

Al oír sus palabras sentí que la sangre de todo mi cuerpo se agolpaba en un lugar concreto: mis mejillas. < ¿Cómo había sido tan torpe y había dejado que se diera cuenta que estaba tan colado por ella? ¡Qué vergüenza!> —pensé avergonzado.

Quise que en ese momento me tragase la tierra, pero más tarde descubrí que en realidad ya lo había hecho: me encontraba varios metros bajo tierra, bajo un mausoleo.

—Además… ¿Por qué le golpeaste de esa manera tan brutal? Ya te he dicho que sabía que me estaba siguiendo. ¿Acaso crees que no podría oír sus ruidosas zancadas en mitad del silencio de la noche? —repuso ella—. No se te ocurrió pensar por un solo instante que tal vez querría ser su amiga,  en vez de matarle. Tan solo estaba buscando una excusa para quitármelo de encima. Una visita a un familiar fallecido o algo por el estilo. Tú lo has fastidiado todo… Como siempre.

—Sasha sabes que eso no es posible. Nos delataría tarde o temprano. Acuérdate de lo que pasó en Boston. ¡O con nosotros, o en contra! No pienso jugarme el pellejo por un simple mortal. —sentenció el tal Radgüll, empezando a impacientarse. Parecía que quería acabar con aquella situación de manera rápida.

— ¡Vayamos a preguntarle a los otros! De todas formas tenemos que ir a verlos, para eso habíamos venido. —concluyó Sasha empujándole con nerviosismo fuera de la estancia antes de que otra tercera persona pudiese siquiera asomarse al lugar donde me hallaba.

Escuché con atención cómo se marchaban. Me sobresaltó el enorme estruendo del portón metálico al cerrar. Solo entonces abrí los ojos a la impenetrable oscuridad del lugar.

Todo estaba muy oscuro. Mis órganos visuales tardaron en adaptarse a la opaca negrura que me acechaba. No se veía absolutamente nada. Estaba tan oscuro que ni la más liviana claridad podía acceder al lugar donde me habían encerrado. Pensé que tenía que marcharme de ahí como fuese…

Recordé que en mi cazadora tenía la linterna que usé en casa cuando se fue la luz por la tormenta eléctrica. Rebusqué en todos y cada uno de los seis bolsillos de la cazadora hasta que en el último encontré la linterna. Cuando la encendí, tirado como estaba por el suelo, la perspectiva del lugar casi me hizo desmayarme de nuevo.

< ¡Estaba dentro de un mausoleo!> —grité para mis adentros.

Aquello era más bien una enorme cripta rodeada de una especie de sarcófagos de mármol plomizo y pesado, donde suponía estarían enterrados los difuntos. Las flores y el agua se descomponían dentro de sus recipientes, así como los cadáveres. Todos esos elementos necrófilos provocaban ese olor acre que me asqueaba a cada nueva bocanada de aire.

Noté cómo tenía la camiseta empapada de sudor debajo del jersey. Supuse que había sudado mucho por el sofocante calor que hacía debajo de tierra, más aun tras la lluvia. La tierra se habría recalentado debido a un efecto compost de los materiales en descomposición. Iluminé mi camiseta tras despojarme del jersey gris. Descubrí que estaba empapada de sangre. Volví a marearme por la impresión al ver mi propia sangre rodeándome. No solía marearme al ver la sustancia rojiza y viscosa cuando realizaba prácticas en la facultad, pero era diferente permanecer impasible ante esa cantidad de mi propia sangre vertida sobre la ropa.

Sopesé el tremendo golpe en la cabeza que debía haber recibido para haberme hecho perder tal cantidad de sangre, y quizás, aun no había parado. Quizás me estaba desangrando…

Exangüe, toqué la zona del hueso occipital y comprobé que tenía una enorme brecha. Casi sentí la fosa occipital cerebelosa al introducir la yema de un dedo. Lo retiré inmediatamente ante el doloroso roce con el hueso. Por fortuna ya no sangraba. La sangre empezaba a coagularse, impidiendo que más sangre abandonase mi cuerpo. Terriblemente agotado, exhausto, casi desvanecido por el golpe y la pérdida de líquido vital, sin fuerzas siquiera para pensar, comencé a recapacitar sobre las posibilidades reales de escapar de ese lugar. Ni siquiera me paré a pensar en la conversación de la que había sido testigo. Mi cerebro estaba trabajando en qué manera podría ponerme a salvo. Ya analizaría aquella conversación más tarde… si tenía posibilidad de hacerlo…

Imaginé, seguramente para tranquilizarme y no perder la cordura, que Sasha y sus amigos eran terroristas o pertenecían a una sociedad o religión secreta, y que esta era su guarida. Yo la había descubierto poniendo en peligro la naturaleza secreta de la organización. Pero ella no había querido infringirme ningún daño. En cambio, el sádico de su amigo casi acaba conmigo al golpearme y no parecía haber cesado en su empeño. Quería verme muerto. Si descubrían que les había escuchado, y me sorprendían intentando huir, ese tipo acabaría matándome.

Volví a recordar uno de los refranes de mi abuela siempre presente desde que se había marchado, < Hay amores que matan>.

Mirándome todo ensangrentado, mis sentimientos por Sasha ejemplificaban ese dicho popular. Mi amor por ella, había puesto en peligro mi vida.

Todavía no sabía en qué manera…

Pensé en cómo salir de esa situación, en la cara que pondrían mis padres cuando me viesen aparecer así por casa, y en qué excusa les pondría. Seguramente me inventaría alguna sobre un accidente de coche. Les contaría que el conductor que me atropelló se había dado a la fuga para darle más dramatismo. Pensando esto, sin querer, me fui quedando dormido.


Friday, 9 May 2014

Primer Capítulo (parte 1) de Hechizo de Sangre (Enemigos Oscuros 1)





Hechizo de Sangre
 Capítulo  1 
(parte 1)

Todos los acontecimientos en los que se vio envuelta mi vida tras conocerla, pusieron bocabajo los cimientos del mundo tal como lo conocía. Descubrí que nada era como hasta entonces yo creía.
 Mi familia a la que creí conocer, me ocultaba un peligroso secreto que había guardado desde mi nacimiento. Algo tan poderoso y peligroso que se resistían a confesarme. Tuve que conocerla para que toda la verdad saliese a la luz y pudiese comprobar por mí mismo que en el apacible pueblo de Sayville donde vivía, nada ni nadie eran lo que aparentaban ser. El mundo real dejó de existir para convertirse en un espejismo de lo que en realidad aguardaba en la sombra.

Pero empecemos por el principio…

Ella era especial, de eso no había duda. Incomparable a las demás. Nunca había contemplado a una mujer tan enigmática y exquisita. Sabía que estaba fuera de mi alcance, pero eso tenía el amor; nunca te puedes enamorar de quien más te conviene o de la persona más accesible.
Mis sentimientos eran algo irracionales para un joven cuyos estudios se basaban en la ciencia y en la razón. Pero el amor era sin duda la ciencia más inexacta del planeta, y eso ya lo sospechaba.
Yo vivía en un barrio de clase media a las afueras de la ciudad en una acogedora casa unifamiliar. Una de los cientos que salpicaban Sayville. Nuestro vecindario era uno de esos barrios dormitorio de la clase trabajadora que aspiraba eternamente a mudarse a una zona costera más exclusiva, esa en la que viven los multimillonarios de Nueva York. En Sayville nunca había sucedido nada extraño o al menos, interesante. No había atracos, no robaban casas, no había pandilleros pegando tiros por las esquinas… Nada, todo hasta entonces había sido significativamente normal. Como si el mal decidiera evitar nuestra pequeña ciudad.
 No podía quejarme. A mis padres les iban las cosas bien, pero tampoco nadábamos en la abundancia. Todo dependía de las ventas del trimestre en nuestra humilde inmobiliaria familiar.
Ella vivía en la casa de enfrente desde hacía poco tiempo. El primer día que la vi a través de los cristales desgastados de su ventana, no lo podía creer. Alguien se había mudado a la casa de enfrente, la vieja casa del señor Moore. El hombre se había jubilado y había decidido dejar la pequeña ciudad e ir a recorrer mundo. La joven no fue una vecina que se prodigara mucho por el vecindario. Al contrario, rara vez se la veía durante el día y de forma esquiva por noche, normalmente cuando se la veía salir. Con todo, a mi atraía de manera desquiciante. Esperaba el ocaso para correr detrás de las cortinas a contemplar cómo se movía por la casa.
Su rostro era una bendición para los sentidos. Una boca carnosa, pómulos prominentes, dientes blanquísimos y perfectos… Un rostro que atraería a cualquiera y que estaba enmarcado por unos ojos azules que irradiaban un magnetismo capaz de cortar la respiración con solo mirarlos. Esta tez angelical estaba bendecida por una larga melena de mechones rubios, salpicados de bucles festoneados en color fuego. Su cuerpo era demasiado perfecto y proporcionado para ser terrenal. Pero misteriosamente lo que más me atraía de ella no era su físico, sino era ella en sí: el aura que envolvía todo su ser al moverse.
Yo podía pasar horas agazapado tras las cortinas tratando de atisbar algún movimiento en la casa de enfrente. Me comportaba como un quinceañero enamorado más, pero a mis veintiún años jamás había sentido nada parecido con ninguna otra persona, ni siquiera con las chicas de la facultad de medicina. Mi mejor amigo, Tim, decía que pillarme de esa manera por una chica algo mayor que yo, tendría unos veinticuatro, que no conocía de nada, era de niñatos. Sobre todo teniendo al pibón de Anne detrás de mí en la facultad.
A pesar de todo lo que debía estudiar, noche tras noche, siempre empleaba algunos minutos para comprobar si mi vecina entraba o salía de casa.
Tenía algo que me hipnotizaba. Algo fuera de lo normal, podría decirse que sobrenatural. Era una atracción primigenia que me envolvía hacia ella fuertemente y me impedía quitármela de la cabeza, o concentrarme. Nunca en mi vida había sentido esa irracional atracción por nada ni por nadie. Mi madre me reñía constantemente por no salir de mi cuarto. Decía que debía distraerme con mis amigos por ahí. A decir verdad, yo tenía otra ocupación más a parte de los libros de medicina, tenía que averiguar más cosas sobre la vecina de enfrente. Estaba seguro que aquella joven era algo más que un rostro precioso y un cuerpo de infarto, debía saber más de su enigmática vida, quería conocer a la que sería la mujer de mi vida.
Cada noche mientras estudiaba, albergaba la esperanza de poder atisbar aunque tan solo fuese un segundo, su silueta. Solo me conformaba con el destello dorado de su melena cruzando de una habitación a la otra, o contemplarla mientras atravesaba la acera de enfrente hasta que la perdía de vista al doblar la esquina. La mayor parte de las noches no lo conseguía. Esa noche no tenía muchas más esperanzas que otra noche cualquiera. La climatología no acompañaba. Fuera, en la calle, hacía un tiempo infernal. Aunque no llovía mucho, el viento era espantoso y los rayos, los truenos sacudían el firmamento. Nadie en su sano juicio saldría a dar una vuelta con ese infierno sobre su cabeza. Llevaba todo el día diluviando. Con el reciente vendaval solo un loco o alguien desesperado se aventuraría a salir en una noche como esa.
Era una verdadera lástima, mis padres habían salido. Habían ido al entierro del progenitor de un conocido de mi padre y no volverían hasta bastante tarde. Disponía de la casa para mí solo. Había fantaseado con la idea de que esa mujer llamase a mi puerta simulando cualquier excusa, y así podría haberla conocido definitivamente. Podría haberla invitado a tomar algo, y así por fin, conocerla mejor de una vez por todas y acabar con mi sufrimiento.
Vivía sola. Nunca la había visto en compañía de un hombre. Nadie la visitaba, de eso estaba seguro. Así que pensé que estaría disponible. Pero al instante me martirizaba pensando que seguramente no se fijaría en un niñato de tercer curso de la carrera de medicina como yo. A esa diosa le pegaba un hombre de unos treinta y pocos, con un buen trabajo estable, y un cochazo en la puerta. Aunque tras haber tenido que presenciar las series favoritas de mi madre: Sexo en Nueva York o Mujeres Desesperadas, la tendencia de las mujeres de hoy en día era enrollarse con  los más jovencitos, aunque al final acabasen casadas con los de treinta y tantos.
Empecé a imaginar cómo sería invitarla esa noche a tomar un té, un café o algo caliente. Después de todo la idea no era tan descabellada. Puesto que si salía de casa a comprar algo con ese tiempo, volvería chorreando debido a la  terrible noche que hacía fuera. Mi prolífica imaginación seguía volando, pensando que tal vez necesitara algo de ropa seca, y… que una cosa llevaría a la otra… Pero finalmente, después de pasar un rato divagando, lo pensé mejor. Llegué a la conclusión de que mis fantasías eran solo eso: ensoñaciones delirantes de un joven enamoradamente desesperado por quedar con ella. Olvidaba un dato importante, la casa de esa escultural joven estaba a menos de quince metros de la mía, así que lo más normal era que entrase en su propia casa a cambiarse antes de llamar a la mía. No tenía necesidad de pasarse por aquí para tomar algo caliente, secarse, y volver a ponerse chorreando cuando tuviese que cruzar la callejuela para volver a la suya.
Pero como solía decir mi abuela:
<De sueños también se vive hijo, no renuncies nunca a los tuyos >.
Mi abuela era la única de la familia que me apoyaba incondicionalmente en todo. Lástima que ya llevase varios años sin verla, nos dejó una carta en la que explicaba que necesitaba recorrer mundo antes de… dejar este mundo. La echaba de menos. Mis padres querían que me centrase en los estudios, y a menudo no hablaban de otra cosa que no fuese el trabajo, la facultad o el mercado inmobiliario. Mi abuela era diferente, siempre me prestaba atención y me contaba historias fantásticas y ridículas acerca de seres irreales y fantasiosos, que mamá censuraba con la mirada cada vez que la oía, mostrando su desacuerdo en llenarme la cabeza de tonterías.
Hoy sé que esas historias ni eran tan fantásticas, ni tan ridículas. Simplemente no conocía a la familia en la que había nacido. Pero, todo a su tiempo…
Eran las tres de la mañana, cuando el resplandor de una luz en su cocina me sobresaltó. Acaba de subrayar un párrafo y el fogonazo de claridad enfrente, me hizo perder la horizontalidad del subrayado. Ya había perdido toda esperanza de verla, pero parecía que esa noche tendría suerte. Estaba en la cocina, y aunque estaba seguro que no saldría fuera, por lo menos iba a verla.
Por fin apareció, allí estaba empacada en sus jeans oscuros y lavados a la piedra y su blusa negra favorita. Súbitamente, una fuerza interna se apoderó de mí y me envalentonó para bajar a hablar con ella. Rápidamente cogí las llaves de casa, un paraguas minúsculo que estaba tirado en la entrada y crucé de un salto hasta el umbral de su puerta.
Una vez frente al timbre, dudé un instante. < ¿Estaba loco?> Eran las tres de la madrugada. Quise darme la vuelta y correr. Mi desesperación por conocerla y saber si tendría posibilidades con ella, me había hecho perder la razón y precipitarme de tal manera que iba a cagarla. Finalmente, mi dedo se posó sobre el invento de Edison, muy a mi pesar. Por un lado, quería permanecer allí sintiendo las minúsculas gotitas de lluvia salpicándome, mojando todo mi rostro, mientras esperaba a que ella abriese la puerta. Por otra parte, deseaba correr y esconderme como otra sombra más del inhóspito camino. Ella debió sorprenderse tanto como yo porque escuché que algo se le caía y golpeaba súbitamente el suelo. Escuché como recogía, y quise marcharme, todavía estaba a tiempo. Parecían pedazos de porcelana china hechos añicos contra el suelo. <Ahora sí que me había lucido> —pensé.
 Al instante, escuché sus cautos y ligeros pasos, como si flotase en vez de caminar, o como si se dirigiese de puntillas hacia la puerta de entrada donde yo aguardaba impaciente, hecho una sopa en la penumbra del umbral.
Una vez se aseguró de que tal vez conocía a la persona que había tras la puerta, o que resultaba ser inofensivo, echó un último vistazo por la mirilla y me abrió.
La gran puerta blanca se destapó y reveló un afable rostro que no mostró temor o atisbo de miedo alguno. Su cara era más bien de curiosidad, más que de sorpresa. Cuando la miré directamente a los ojos, creí que el mundo entero dejaba de existir y se paraba a mi alrededor. Era infinitamente mejor contemplándola a escasos centímetros, que viéndola desde la casa de enfrente tras el cristal.
< ¿Quién dijo lluvia?> Ya nada me importaba.
Sus labios comenzaron a moverse y su boca en forma de corazón me habló,  su magnética mirada me estaba atravesando el alma, y ya se sabe que los hombres no podemos hacer más de una cosa a la vez. No escuché nada, ninguna de las palabras que me dirigía. Tan solo escuché el latido de mi joven corazón desbocado y arrebatado por aquellos laberínticos ojos. Jamás me había cruzado con unos ojos tan misteriosos y sensuales, daban vértigo. Una vez pude recuperarme del embrujo de aquella joven, me di cuenta que estaba dentro de su hogar. Aquel que tantas veces había observado desde mi habitación. El lugar que tanto había vigilado y que tan bien conocía de puertas para fuera.
 Por dentro resultó ser muy acogedor, aunque algo simple y funcional. Invitaba al huésped a sentarse y a relajarse contemplando la estancia. Apenas si había cuadros, tan solo una litografía de un bucólico amanecer. Las paredes estaban recubiertas de madera de roble, lo que daba cierta oscuridad a la estancia. Tampoco ayudaba que había pocas luces y todas alumbraban hacia el techo, dejando el suelo en penumbra. El mobiliario era adusto y parecía que fuese alquilado o comprado por internet. Todos los muebles eran simétricos y carecían de pequeñas imperfecciones y los vestigios de la personalidad de la propietaria. En su mayoría era impersonal y sobrio, como elegido por catálogo y colocado siguiendo hasta la última de las indicaciones. Era impensable que alguien con ese estilo al caminar, esa dulzura al hablar y ese modo de mirar, tuviese tan pésimo gusto en lo que refería a la decoración de interiores.
— ¿Te has recuperado ya? —preguntó con voz suave y preocupada. Un mechón de sus cabellos abandonó el resto de su melena y se posó traicionero sobre su ojo derecho, rozando juguetón su labio superior cuando inclinó su cabeza para saber qué me ocurría. Quise ayudarla a apartar ese invasor del equilibrio de su rostro, pero me pareció un atrevimiento. Tuve que hacer retroceder a mi mano—. Pensaba que te encontrabas mal, o que eras muy rarito. Por un momento, viéndote ahí tan callado y mojándote como un pasmarote, he pensado que te sucedía algo… Debes estar chorreando…
—No, no —repuse velozmente— no sé cómo explicarlo, pero… llevo algún tiempo viéndote por el barrio. Nos hemos saludado en alguna ocasión por la noche, y… me preguntaba… si te gustaría venir por casa a tomar algo esta noche… —Le sugerí como si la cosa no fuese conmigo, traté de disimular el tartamudeo con un carraspeo en la garganta.
—Mira… De acuerdo, si tan interesado estás en conocerme, ¿por qué no tomamos algo otro día, a una hora más prudente? —Respondió haciendo una pausa algo incómoda que me hizo sentir como todo un psicópata nocturno—. Lo digo más que nada porque son más de las tres de la madrugada. —sonrió picaronamente y mostró unos dientes perfectos y blancos—, ya estaba tomando algo calentito y me disponía a  dormir, así que si no te importa… Otro día… Por mí, perfecto. Eso sí, si es de noche, a una hora más temprana.
Noté como empezaba a sonrojarme por lo ridículo de la situación y porque por mi culpa le había dado un susto de muerte. Seguramente había hecho pedazos su taza de cacao caliente y tendría que limpiar el destrozo en la cocina. Decidí que al día siguiente saldría a buscarle una taza nueva.
—Tienes toda la razón. Perdona, estaba estudiando y no había caído en la cuenta de lo tarde que es, y…
—Sí, perdiste la noción del tiempo y pensaste, voy a destrozarle la taza favorita a mi vecina y así la espabilo antes de ir a dormir. —Comentó de forma irónica. Me sonrió mientras me acompañaba cortésmente a la salida.
—Sólo una última cosa —la interrumpí—, ¿cómo te llamas? Nunca hemos hablado lo suficiente para siquiera preguntar tu nombre. Siendo vecinos no es muy educado ni conocer cómo nos llamamos. Además, no hay ningún nombre en tu buzón y… Yo soy Marc —apunté mientras le tendía la mano.
Me di cuenta que acababa de meter la pata hasta el fondo, le había confesado que había fisgoneado en su buzón para saber cuál era su nombre.
—No me malinterpretes, yo sólo pretendía…
—No te preocupes… —sonrió—, yo me llamo Sasha. —contestó divertida, despidiéndose con una enorme sonrisa al cerrar su puerta.
Allí estaba yo, bajo la lluvia, como Sinatra en la canción. Estaba seguro de haber hecho el tonto. Un universitario ridiculizado a las tres de la mañana, y sin embargo me sentí el tipo más feliz de la faz de la tierra.
Cuando llegué a casa, un par de minutos más tarde, no me lo creía. Había sido tan fantástico…
<Me había dicho que quería quedar otro día a tomar algo>, —pensé en voz alta.
Tardé en volver a concentrarme tras aquel inesperado encuentro nocturno. Pensé que tal vez era hora de dejar el estudio por hoy. Justo cuando estaba recogiendo la mesa de estudio, y preparándome para irme con Morfeo, la luz de mi habitación se apagó de golpe. Todo se quedó a oscuras. Mis padres no habían sido, puesto que todavía no habían regresado. Seguramente se debiera a la tormenta.
— ¡Malditos plomillos!, siempre que hay tormenta saltan, es raro que no lo hubiesen hecho antes. —gruñí en voz alta intentando mantener la calma en medio de la oscuridad.
Tardé unos segundos en revolver el cajón de los trastos que tenía mi escritorio donde, por alguna parte, se suponía que habría una linterna de dinamo para estos casos. Evidentemente, no apareció al principio. Estaba maldiciendo mi suerte al tropezarme y volcar toda clase de objetos dentro del cajón, convencido de que seguramente otro día cuando buscase otro objeto la encontraría, cuando por fin apareció. Agarré su empuñadura de goma negra y me dirigí raudo hasta el garaje que era contiguo a la casa. Allí se encontraba el cuadro eléctrico.
Estaba bajando por las escaleras desde la segunda planta cuando miré involuntariamente hacia la casa de Sasha. Siempre hacía lo mismo cuando pasaba por aquel ventanal ovalado. Cuál fue mi sorpresa, cuando la vi salir ataviada con un largo impermeable negro que le cubría hasta los tobillos y unas botas altas de goma del mismo color.
Poco a poco, la indignación y la furia por haberme engañado diciéndome que se disponía a dormir, dejaron paso a una voraz intriga que se transformó en una lógica preocupación por que no le sucediese nada caminando de noche y sola. Así que hice lo que debía: decidí seguirla.
< ¿Dónde se suponía que podía ir una chica joven y atractiva, sola y a las cuatro de la madrugada, en una noche como esa?>
Cuando salí de mi casa lo peor de la tormenta había pasado. Ahora apenas si llovía. La atmósfera había cambiado, la noche se había vuelto mucho más cálida, el cielo estaba más abierto. Sentí que mi mente se despejaba, el intenso y cálido olor a tierra mojada invitaba a pasear aunque el reloj de mi muñeca se aproximase amenazante a las cinco de la madrugada. Mis padres tal vez estuviesen a punto de regresar, si no me encontraban en casa tal vez podrían preocuparse. Por mi edad podía salir y entrar cuando quisiese, pero entre semana no acostumbraba a salir de noche con un tiempo de perros y menos a esas horas. Pensé que debería haberles dejado una nota al menos. Pero ya no podía regresar, si lo hacía, corría el riesgo de perder su pista.
No sabía muy bien porqué la seguía. Jamás había hecho nada extraño, cosas más bien relacionadas con obsesos o viciosos perseguidores de jóvenes atractivas en mitad de la noche. Como si de una película de serie B mala se tratase…
Pero había algo que me instaba a seguirla. Necesitaba saber que se encontraba bien. Que regresaba a salvo tras su paseo nocturno. Acababa de saber su nombre y su magnetismo me impedía abandonar esa excursión nocturna tras una chica a la que necesitaba proteger sin saber por qué. Todavía retumbando algún trueno en la distancia, salí de casa a toda prisa con el tiempo justo de agarrar un chubasquero. Iba a seguirla a una distancia prudencial no quería que pensase que era un acosador o algo por el estilo, pero lo suficientemente cerca para intervenir en caso de que se encontrase en dificultades. No sabía qué pretendía, pero problemas era lo único que podía encontrar a esas horas.
Cuando salí, solo me dio tiempo de atisbar sus cabellos rubios al doblar la esquina. La seguí con la cautela de un felino por la estrecha avenida, semioculto tras los inmóviles coches aparcados. Me iba mojando al pegarme a los vehículos y mis botines de piel chapoteaban en los caudalosos charcos bajo los coches estacionados. Notaba cómo mis pies se mojaban, pero no quería hacer ruido.
Cuando todo parecía indicar que seguiría andando en línea recta, siguiendo el sendero solitario de la avenida, simplemente para pasear y pensar en sus cosas, giró a la derecha. Tomó dirección al viejo parque. Ahora sí que me tenía realmente intrigado. No era normal que una joven paseara sola a esas horas, pero lo era aun menos que se adentrase en un parque tan grande, tétrico e inhóspito como aquel. Nadie en su sano juicio lo habría hecho.
En la distancia oí las campanadas de la vieja iglesia que estaba cerca. Me pareció verla taparse los oídos, pero no pude apreciarlo bien pues ya se adentraba en el bosque y la oscuridad que rodeaba al lugar me impedía ver con claridad. De todas formas, no podía acercarme más o me descubriría.
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