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Tuesday, 23 September 2014

Relato: Hasta que la muerte no(s se)pare



Os dejo este relato contra la Violencia de Género y el maltrato a la mujer. Un abrazo a todas las mujeres que por desgracia fueron alguna vez maltratadas física o psicológicamente. Este relato va por vosotras.
El título tiene doble interpretación: Hasta que la muerte nos separe como la frase típica tras una boda, representando la antigua idea de que el matrimonio debía ser  para toda la vida y Hasta que la muerte no pare, simbolizando la lucha de todos por acabar con esta lacra social.


HASTA QUE LA MUERTE NO(S SE)PARE





- Clara, cariño, ha llegado esta carta para ti. Un poco tarde para felicitarte por tu  dieciocho cumpleaños, ¿no?- insinuó su madre tratando de averiguar quién era el remitente.

- ¡Gracias! Pero aunque haya pasado una semana, una felicitación siempre es bien recibida.- Contestó Clara dirigiéndose a su habitación, mientras abría el arrugado sobre de papel reciclado que se le resistía.


Una vez dentro de su habitación, junto al escritorio casi sufrió un desvanecimiento cuando sus ojos recorrieron las primeras letras del texto. Tuvo que agarrarse al cabecero de su cama para no caer al suelo. Todo a su alrededor parecía girar como en un tiovivo, el aire oprimía sus pulmones y sintió cómo en sus ojos temblaban dos tímidas lágrimas. Al sentir la cómoda seguridad de su cama, releyó las primeras líneas manuscritas sobre el austero papel.


< Querida Clara, soy yo, María Jesús, tu madre...  >

No pudo continuar con la lectura, la apartó de su vista, y justo cuando estaba ocultando la carta bajo su almohada reprimiendo la tristeza que afloraba en su mirada, una cabecita plagada de revoltosos rizos asomó tras la puerta.

- Hermanita la cena está lista, papá dice que bajes enseguida. Su hermano pasó revista a toda la habitación en un solo instante, como si sospechase que algo no iba bien. - ¿Te ocurre algo? No tienes buen aspecto.

- Sí, sí, estoy bien.- aseguró Clara mientras empujaba la carta debajo de la almohada. Vamos, bajemos antes de que papá se ponga nervioso.

Cerrando la puerta, sus ojos se clavaron en el pedazo de papel que se vislumbraba bajo la almohada. Clara pensó que más tarde, en cuanto cenase, leería la carta. Aunque no sabía si al final se atrevería. ¿Por qué le escribía ahora que había pasado tanto tiempo?

¿No tuvo suficiente con arruinarle su vida y arrebatarle a su padre?, ¿tan egoísta era que no podía dejarla ser feliz? Las preguntas se agolpaban en su cabeza, mientras hacía como que cenaba dándole vueltas al puré y el pescado delante de su familia. No podía quitársela de la cabeza, incluso cuando su padre le ordenó que acabase la cena, no lo escuchó. Era como si esa carta después de catorce años hubiese borrado toda su vida de un plumazo. ¿Se desvanecía su nueva vida y renacían sus terrores y pesadillas del pasado?

No pensaba consentirlo. Ya era mayor de edad y no estaba dispuesta a que el invierno volviese a su vida, ahora decidía ella.

Subió las escaleras de dos en dos haciendo caso omiso de los comentarios de sus padres, cerró el viejo cerrojo de la puerta de su dormitorio, y éste le recordó las pesadillas nocturnas que sufrió durante meses y los años que tuvo que dormir con la puerta cerrada a cal y canto , por miedo a que ella entrase en la habitación para llevársela. 


Y ahora esto. Abrió la carta con mayor determinación que la vez anterior, y se sumergió en una profunda y temerosa lectura.

< Querida Clara, soy yo, María Jesús, tu madre. No sé si recibirás esta carta el día de tu cumpleaños pues aquí los días pasan con la misma monótona agonía. No sé por dónde empezar a pesar de haber tenido tantos años para explicarte esto. Sólo sé que lo que le hice a tu padre fue por ti, y que sólo tú me diste el valor suficiente para hacer algo que jamás pensé que  yo pudiera hacer>.

Clara no podía creer lo que esos trazos de bolígrafo barato le decían. ¿Cómo se atrevía? La culpaba  ella del asesinato de su padre, muy típico de los cobardes era escudarse en otros para llevar a cabo sus terribles actos. Pero ella no iba a acarrear con ninguna culpa.

< Aunque he intentado protegerte todos estos años, creo que ya es hora que sepas la verdadera historia de lo que pasó, y olvides todas las historias que te han contado tus tíos, tan buenos que no pudieron hacerse cargo de ti, o las patrañas que te habrán metido en el centro de acogida al que te llevaron cuando tenías cuatro años.

Hija mía, todo empezó al poco tiempo de casarnos. Tú todavía no habías nacido, afortunadamente.

Nos mudamos del pueblo porque tu padre consiguió un buen trabajo como albañil en la ciudad, y nos compramos el piso. Todo era tan alarmantemente normal, yo jamás imaginé la clase de persona con la que había jurado amor eterno, “hasta que la muerte os separe” dijo el sacerdote. Qué razón tenía ...

Las primeras noches que llegó ebrio, no le dije nada pues pensaba que era cosa de hombres lo de tomarse unas” copichuelas” con los amigos en la bodeguita después del trabajo. Pero cuando empezó a convertirse en una rutina, decidí hablar con él. Una noche, 21 de Febrero de 1981, la recuerdo con exactitud  porque fue el día que la primera bofetada borró la dignidad como persona de mi cara. Las primeras palabras no habían hecho más que salir de mi boca, cuando de repente , si saber cómo ni por qué, sentí una explosión en mi oído, y me encontré en el suelo con el labio partido y sangrando.

Ahí descubrió lo poderoso que se sentía y el placer que le ocasionaba verme sufrir y tragarme su amargura y frustración ante la vida. Fue mi perdición. Tras ésta vinieron muchos cientos de noches con la nariz partida, el ojo morado, o las costillas marcadas por su cinturón. Traté de complacerle, tenerlo todo a su gusto, ser la más servil de las bestias. Pero todo era en inútil. Siempre había una excusa para ensañarse conmigo. Una camisa mal planchada, la barra de pan dura, la comida fría, sosa o demasiado salada. Así, fui sobreviviendo aterrorizada, con la esperanza que algún día cambiara de actitud ante la imposibilidad de zafarme de mi verdugo. Hasta que me quedé embarazada. Durante esos meses todo cambió y volvió a ser la persona amable y callada de quien me enamoré. Pero la falsa Tregua poco duró, exactamente, la primera paliza vino cuando aun estabas en la cuarentena. Durante tus primeros años de vida traté de evitar por todos los medios que te percataras de la terrible situación, y desviaba toda su ira hacia mí, para que dejase a mi niña en paz.

Tu me diste los momentos más maravillosos de mi vida, ahora recuerdo como me llamabas “mami, mami, mira que dibujo he hecho”, siempre tenías “mami” en la boca a todas horas. Dentro de mi infierno tu eras mi único alivio. Esta situación hubiera continuado así hasta que tu padre me hubiera matado a golpes o hasta que ocurrió lo que pasó aquella noche.

Ese día tu padre regresó antes de que la cena estuviese preparada, traía la cara cambiada, como cundo llevaba varias horas bebiendo. Y lo estuvo haciendo. Lo habían despedido y su única forma de saciar su ira era la de costumbre. Pero esta vez una personita dulce e inocente se cruzó en su camino.

Yo estaba en la cocina pelando patatas rápidamente para freírlas y hacer la tortilla, cuando tus primeros gritos llegaron del salón. Cuando llegué, tu padre había cogido la correa y con la hebilla te había golpeado varias veces en tu carita. La sangre que recorría tus mejillas y que cayó en tu muñeca fue la sangrienta y horripilante gota que colmó el vaso. Intenté apartarlo de ti, pero me propinó un puñetazo y me tiró al suelo. Sin pensarlo, con el cuchillo de cocina aun tembloroso en mi mano, me abalancé sobre él y lo clavé sobre aquella bestia, sin saber ya que hacer por protegerte. Su mirada, mientras caía de rodillas, fue mitad sorpresa y asco, pero el odio que aprecié en sus ojos , inigualable a ningún otro anterior, empujó mi mano una vez más contra su pecho, asegurándome que no volvería a hacernos daño.

El resto ya lo conoces, nos separaron cuando fui a cumplir condena: veinte años. Pero no me arrepiento de lo que hice pues sé que vives y eres feliz. Ahora que ya te he contado la verdad, me quedo más tranquila. Sólo quiero que sepas que para mí siempre has sido  más importante que yo misma, y sé que  hice lo que cualquier otra madre habría hecho en mi lugar. Te quiero y también sé lo mucho que tú a mí me has querido. >

Así acababa la carta de una valiente. Su madre. Con los ojos borrosos, cegados aun por las lágrimas derramadas ante el egoísmo y el orgullo juvenil reprimido durante todos esto últimos años, Clara bajó corriendo al salón.


-Marta, mañana me gustaría ir a ver a mi madre.- Su madre adoptiva dio un respingo al oír que la llamaba por su nombre propio. -La carta era de la cárcel, y ya tengo edad para ver a la persona que ha hecho tanto por mí. ¿Me llevaréis a verla?

A la siguiente mañana cuando sus padres aparcaron junto al módulo de visitas para reclusas del centro penitenciario. Marta les pidió que la esperaran en la cafetería, era algo que tenía que hacer ella sola. Se dirigió llena de ilusión y arrepentimiento por no haber visitado a su madre en tanto tiempo. Sabía que la quería y la perdonaría, tenía que explicarle tantas cosas… tenía que agradecerle el haberle dado la vida dos veces. Estaba muy nerviosa, casi histérica, ya casi no le quedaban uñas en los dedos, necesitaba verla, abrazarla, besarla, decirle que todo iría bien, que hizo lo correcto y que siempre la tendría a su lado.

Por fin llegó el momento, en el mostrador de información se encontraba una empleada de la penitenciaría.

- Buenos días, ¿podría decirle a la reclusa Mª Jesús Gómez Sanz que su hija Clara ha venido a verla?

- Perdón, ¿cómo dice?- Preguntó la mujer consultando la lista de visitas.

- Mª Jesús Gómez Sanz – repetí doblemente nerviosa.

- Lo lamento enormemente, pero la visita no va a poder realizarse.- Continuó tras una enorme pausa. La reclusa de la que me habla falleció hace tres días. De veras que lo siento.

Me maldije entonces por no haberla perdonado en vida, por no haber tratado buscarla. Comprendí en ese momento que las cosas deben hacerse ya, ahora, en vida; no podemos esperar que todo se solucione o mejor en el futuro, sin arriesgar o no poner nada de nuestra parte.



 

Sunday, 21 September 2014

Agradecimientos



Sois muchos los que habéis apoyado mi nueva novela: Cuando ya te habías Ido a través de als redes sociales y blogs literarios. 
Quiero agradecer en especial las entradas promocionando la obra de:

Blog Las palabras descarriadas en su sección "mis recomendaciones"
http://laspalabrasdescarriadas.blogspot.com.es/p/blog-page_26.html

Blog Mezclando Arte de Carmen Andujar.
http://carmenandujarzorrilla.blogspot.com.es/

Blog Las Letras Inquietas.
http://lasletrasinquietas.wordpress.com/2014/09/21/promocion-literaria-cuando-ya-te-habias-ido/

Blog Murobuenoescritor.
http://murobuenoescritor.wordpress.com/2014/09/22/no-solo-de-escribir-vive-el-hombre-3/


Muchas gracias a todos por ayudarme con vuestro granito de arena y poder dar a conocer la obra en vuestros rincones literarios.

Thursday, 18 September 2014

Cuando ya te habías ido, sale hoy a la venta!!

Buenas a todos, hoy os presento mi último hijo literario:
 Cuando ya te habías ido. 

Una novela romántica que narra la historia de Sara una joven que debe renunciar a sus sueños con el amor de su vida por sobrevivir y acatar aquello que su familia le impone. La novela describe cómo Sara debe madurar de golpe y hacer frente a un matrimonio de conveniencia y a sobrevivir al lado de un hombre al que no ama. 

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Ficha Técnica:
Título: Cuando ya te habías ido
Autor: Rafael Alcolea Harold
Páginas: 194
Editorial: independiente.
Código Amazon: B00N1YQ28Q

SINOPSIS:
¿Qué ocurriría si te volvieses a encontrar con el amor de tu vida después de muchos años?
¿Qué harías al descubrir que tu matrimonio tiene secretos inimaginables?
¿Perdonarías a una madre que comerció con tu vida en el pasado?

La vida de Sara Scott no fue fácil, tuvo que marcharse de España y dejarlo todo para sobrevivir tras una desgracia familiar, incluído a Javier, el amor de su vida. Años más tarde, cuando por fin consigue regresar a su país, estrenar la casa que su marido le ha regalado en la costa, y se reencuentra con Javier; Sara recibe una terrible noticia mientras está de vacaciones: Robert, su esposo, ha fallecido. Sara desconocía que estuviese enfermo... Robert le ha ocultado su enfermedad, pero ¿Por qué?

Debe viajar a Londres donde descubrirá que la acomodada vida proporcionada por su marido, un agente de bolsa y rico heredero, encierra oscuros secretos que tendrá que ir resolviendo para escapar en esa telaraña de sentimientos, entre ellos: recuperar a la hija que ambos tenían en acogida...

Una novela romántica con tintes de novela negra y de suspense, que combina todos los elementos para no dejarte separarte de las páginas hasta que la acabes.

Enlace:

*Compra en amazon: 
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Como siempre me encantaría la mayor difusión posible, sé que puedo contar con vosotros, sois geniales.

Saturday, 13 September 2014

Relato Corto: Una Sola Carta



   Título: UNA SOLA CARTA
Extensión: 11 páginas.
Género: Valores-contemporáneo
Autor: Rafael Alcolea Harold
       UNA SOLA CARTA 

Tan sólo me faltaba una casa, y terminaría al fin mi jornada laboral aquella mañana. Aceleré el paso por las estrechas callejuelas que me separaban de mi libertad, saltando sobre los viejos y castigados adoquines por la lluvia y las heladas. Mi medio de transporte habitual: una vieja y abollada Vespa amarilla, no sobreviviría a semejante castigo.
La tierra ya se había sacudido levemente durante la pasada madrugada. Algunos vecinos de la capital ni se percataron del temblor. Estaba sudoroso, nervioso a la par que preocupado por la situación en casa. Debía entregar aquella carta y volver a casa de inmediato.
El pueblecito estaba situado a unos mil metros de altitud, no tenía más de quinientos habitantes, y por lo tanto las principales compañías de teléfono habían desestimado la colocación de antenas para mejorar la señal. Por lo tanto no había mucha cobertura. Casi siempre debía esperar a bajar hasta Villar del Campo, para poder realizar o recibir llamadas. Miré el teléfono y seguía sin ninguna raya de cobertura. Si Ana me llamaba se toparía con la grabada voz de la operadora recordándole que su marido estaba aislado de la sociedad, y que en esos momentos no podría ayudarla por mucho que él se empeñara.
Mi nuevo smartphone era un inútil artilugio en medio de tan rústico panorama. Agradecía la sensación que producía el sol sobre mi cara. El aire frío de finales del otoño, era contrarrestado con un calor acogedor que me empujaba a seguir con mi tarea. Por otra parte, odiaba la sensación al llamar a una casa, y presentarme sudando por cada poro de mi cuerpo; las personas me miraban a menudo pensando —pobre pardillo, está chorreando—, yo disimulaba mientras el cliente firmaba el recibí, para enjugarme el sudor en la manga de mi camisa; esperando aquel vaso de agua fresca que rara vez me era ofrecido.
Precisamente aquella casa estaba situada al final de la última calle del pueblo. En  aquel hogar vivía una pizpireta abuelita, que siempre se alegraba de verme. Pero aquel día no podía entretenerme y hablar con ella; tenía que estar en casa cuanto antes. Al girar por la esquina donde se encontraban las viejas casonas medio derruidas por el paso del tiempo, contemplé los destrozados tejados y las podridas vigas que se asemejaban al esqueleto de un gran animal extinto. Me preguntaba quién habría vivido allí, o qué historias habrían ocurrido en aquella casa. Solo esperaba que hubiesen sido felices.
Sin darme apenas cuenta llegué hasta la mismísima puerta donde debía dejar la carta. El enorme portón verde carruaje me devolvió a la realidad; olvidé entonces la historia de los demás para centrarme en la mía propia. Llamé hasta tres veces, por si la anciana no me oía; tal vez estuviese con alguna visita, aunque solía estar sola. Finalmente, cuando estaba girando sobre mis talones, la entrañable ancianita apareció a través del marco de la puerta.
— ¡Buenos días hijo! — Exclamó la anciana abriendo el portón con dificultad. La mujer al verme sudoroso, me hizo un gesto para invitarme a pasar y beber un poco de agua. Yo decliné la invitación, pues debía volver cuanto antes, no sabía qué me encontraría a mi regreso.
— No se preocupe María. Le traigo una carta. —Le informe mostrándosela. La mujer casi sin mirarla, me introdujo dentro de la casa sin aviso.
— ¡Gracias hijo! Eres muy amable trayendo la carta hasta aquí. Será del banco. Yo no entiendo de números así que déjala por ahí en cualquier parte. — Dijo de manera lastimera para conmoverme y que se la leyera— ¿Serías tan amable de sentarte y descansar mientras bebes un gran vaso de agua fresca? — Preguntó.

Consiguió conmoverme, y accedí a su invitación. Miré el reloj de soslayo cuando se dio la vuelta, no quería ser descortés. Eran las dos menos cuarto. El móvil seguía   inoperativo, no había llamadas de casa, ni cobertura. Al entrar en la casa, me sentí tele  transportado a otra época. La vieja máquina de coser SINGER presidía el recibidor,  acompañada por una enorme radio antigua, flanqueados a su vez por innumerables  maceteros vacíos que poblaban todos los rincones. Le había gustado mucho la jardinería, pero ya no tenía fuerzas para cuidar a tantas plantas. La seguí hasta donde me dijo que guardaba celosamente todos los recibos del banco: su dormitorio. Para llegar a la estancia, debíamos atravesar la inmensa cocina, desproporcionada para una sola persona. La anciana me miró y comprendió mi asombro al ver la habitación.
— Aquí comíamos quince personas todos los días: mis padres, mis trece hermanos y  yo. — Dijo como justificando las dos altas filas de sillas de anea, apiladas junto a la jaula de un viejo y rechoncho canario anaranjado. El pájaro, único compañero de la anciana, saltó de lado a lado en su estrecha jaula nada más verme. Se notaba que el  animal estaba emocionado al haber sido alterada su monótona rutina diaria.
La anciana se detuvo frente al impasible botijo colocado sobre un plato de barro cocido oscuro. Su sobrio color beige estaba salpicado con un par de adornos multicolores hechos de ganchillo. Agarré el botijo y bebí varios tragos largos hasta que tuve que detenerme para respirar y así poder continuar bebiendo. Miré el reloj de nuevo, necesitaba saber qué estaba pasando en casa. Tenía que levantarme y marcharme de inmediato. Con suerte sólo tardaría cinco minutos en escucharla. Entonces podría salir pitando pueblo abajo hasta donde se encontraba la moto. Si agobiaba el motor de la Vespa podría estar en casa veinte minutos más tarde.
Una vez hube acabado el agua la acompañé a depositar la carta en el dormitorio, situado junto a la cocina. Era la primera vez que accedía a un dormitorio desde la cocina; la aleatoria distribución de la casa se debía sin duda a la ampliación de las estancias conforme la familia había ido aumentando. Al entrar al dormitorio me detuve a contemplar el escaso espacio de pared que quedaba libre debajo de tantísimos cuadros y retratos. Había miembros de la familia de diferentes generaciones: las más recientes de los nietos eran a color y estaban enmarcadas en marcos más modernos; las más antiguas eran aquellas fotos en blanco y negro con el borde arrugado por el paso del tiempo. De inmediato pensé en cuánto tardaría yo en quedarme dormido por culpa de tantísimos ojos observándome al irme a dormir.
De repente sentí que me mareaba, pero al mirar a la anciana apoyarse sobre su cama mientras se tambaleaba, deduje que no era cosa mía; se trataba de otro temblor de tierra. Me dispuse a ayudarla a sentarse, pero antes de que pudiese alcanzarla, un tremendo ruido y un desgarrador crujido, provocó que casi todas las botellitas de colonia y demás objetos colocados en la centenaria cómoda del dormitorio, fuesen cayendo al suelo como a cámara lenta.
Muchos cuadros comenzaron a desprenderse de su mohosa alcayata para terminar rompiéndose contra la solería. Intenté refugiarme bajo el quicio de la puerta, como  había visto en cierta película sobre terremotos, pero antes de alcanzarla; el techo comenzó a desprenderse mientras la sacudida empezaba a ser más fuerte. Dos enormes vigas cayeron sobre la entrada de la habitación, bloqueándola. Después oscuridad, polvo, lamentos y frío.
— Señora, ¿se encuentra bien? — Pregunté a ciegas —. No hubo respuesta. Volví a intentarlo. Una vez más, silencio. Me acordé que tenía una pequeña linterna que funcionaba con energía cinética en mi bolso de cartero. Al iluminar la estancia comprobé que parte del piso superior de la casa se había desplomado sobre el dormitorio y la anciana, creando una especie de muro divisorio entre los dos.
 — Pobre mujer —Pensé.
Yo tan solo me había golpeado en un hombro y la espalda, pero podía moverme. Alumbré a través de una oquedad del nuevo muro de escombros, y vi su cuerpo; movía una mano levemente. Estaba recostada sobre parte del colchón, en el suelo. Parecía que seguía con vida. Al recorrer su cuerpo con el haz de luz, comprobé que estaba sepultada bajo un montón de escombros.
— María, ¿puede escucharme? —vociferé. Miré mosqueado al móvil que seguía sin cobertura. Grité pidiendo ayuda, pero no obtuve respuesta.
— Hijo — escuché un débil susurro que provenía de la mujer.
— ¡Estoy aquí! No se preocupe, enseguida vendrán a rescatarnos. — Le mentí.
— La anciana parecía estar malherida, y a pesar de estar quieta, no podía dejarla dormirse; sería terrible si perdía la consciencia.
— María, mientras nos rescatan, ¿por qué no me cuenta algo de sus hijos? — Sugerí.
— Tengo cuatro — respondió con un hilo de voz.
— ¿Vive usted aquí sola, o con sus hijos? — Le pregunté para saber si alguien tenía que volver a casa, y así pudiese encontrarnos.
— Sí hijo, sola, muy sola. Mis hijos viven en la capital. Allí tienen sus vidas. —tragó saliva para continuar hablando—. El mayor es médico, la segunda trabaja en un banco, y los dos pequeños son profesores. Pero todos viven lejos. Están muy ocupados.
Traté de mover algunas piedras para acceder a ella. Aunque no podríamos salir de allí, por lo menos intentaría hacerle ver que no estaba sola. Al mover las piedras, las superiores caían, varias de ellas se desparramaron cerca de mis pies, que casi fueron espachurrados. Pero ese pequeño desprendimiento hizo que el hueco por donde podía ver a la anciana se ensanchara, proporcionándole más oxígeno a la mujer.
— ¿Siempre ha vivido aquí en esta casa? —pregunté.
— Sí hijo siempre. Bueno mejor dicho: casi siempre. Durante la guerra civil tuvimos que cerrar esta casa, que me dejó mi padre en herencia, y emigrar hasta Barcelona.       —dijo tosiendo.
 — ¿De veras? — Pregunté animándola a continuar hablando— Estaba usted en el bando equivocado. ¿No?
— Bueno, yo nunca entendí de política. Mi marido sí era más de esas historias. Mis preocupaciones eran diferentes: lavar la ropa junto al río, acarrear agua para las bestias, y criar cuatro diablillos. —dijo dolorida tratando inútilmente de incorporarse.
— ¡Quédese tendida y quieta! — Le supliqué— imagino que su vida sería muy dura.
— Y que lo digas. Mi marido fue barbero y tuvo que hacer de tripas corazón para  conseguir algo de dinero o comida. Los domingos se iba al campo donde los señoritos cazaban, para ver si podía pelar a alguno. A veces no le pagaban, otras veces le daban un par de liebres mal matadas. El pobre mío me duró muy poco, a los cuarenta y tres años sufrió un infarto. No me quedó más remedio que sacar a mi familia adelante yo sola. Con treinta años quedé viuda, y aunque hubo mucho listo que quiso aprovecharse de la situación; pude encontrar trabajo en la capital, gracias a una prima lejana que trabajaba en una partería. Allí vi de todo: muchachas pobres obligadas a entregar a sus hijos para que fuesen adoptados por familias ricas, abortos ilegales, incluso a mujeres que les robaban a sus hijos y les decían que estaban muertos. ¡Unos sinvergüenzas! Yo no tuve más remedio que aguantar y callar como tantas hemos hecho siempre.
La anciana volvió a quejarse de dolor, estaba claro que su situación empeoraba. Intenté encender y apagar el móvil, pero no había manera de coger señal.
— María, no se preocupe pronto saldremos de aquí. —Volví a mentirle.
— No importa hijo, yo ya estoy en paz con la vida. Ya he hecho todo lo que quería, he tenido el cariño de los míos, he tenido hijos y nietos. ¿Y tú? ¿Tienes hijos? Da igual, al final te vuelves un estorbo para ellos. Tú que sacrificaste todo por ellos, y ahora solo les pides algo de cariño y compañía. Tienen sus vidas, su trabajo y familia; las actividades de los nietos. Uno estudia piano, quinto curso… las reuniones con los amigos; y la madre es lo último de lo que se acuerdan. Siempre con prisas de aquí para allá, para estar en todos lados y en ninguno en particular. Eso no es vida. Siempre que vienen están pendientes del reloj, creen que no les veo. Encima estoy muy mayor para cuidar a los nietos, así que no les sirvo. Pienso que no es bueno llegar a vivir tantos años, te evitarías ver según qué cosas… Normalmente olvido los últimos momentos con ellos y recuerdo cuando mis hijos eran pequeños, y estaban siempre aquí, conmigo. Sé que no les veré más, ¿les dirás que les perdono? Siempre los querré a pesar de todo…
— No diga usted eso, María. Verá como salimos de esta. Sus hijos la quieren a su manera, no tienen la culpa de vivir el tiempo que les ha tocado. — Los justifiqué, acordándome de mis propios padres, a los que llevaba más de un mes sin visitar.
— No importa, de veras que no me importa. Les quiero a todos y siempre los querré, no importa lo que se acuerden de mí. A un hijo se le quiere por siempre; a unos padres… no sé. ¿Tienes hijos?
Iba a responderle, cuando un ruido del exterior apagó mi respuesta. Había alguien fuera.
— ¿Hay personas dentro de la casa? — Preguntó una voz ronca y masculina.
— Sí. — Respondí emocionado. Volví a repetirlo con todas mis fuerzas, por si acaso no había escuchado la primera respuesta—. Hay una mujer gravemente herida, es muy mayor. ¡Dense prisa! ¡Hay heridos!
— De acuerdo, soy del cuerpo de bomberos, no se preocupe en seguida les sacaremos. No mueva a la herida. — Advirtió el hombre. Quise gritarle que no podía acercarme a ella, pero ya se había ido en busca de ayuda.
— ¡Qué regalo tan maravilloso! — exclamó la anciana, que ya empezaba a delirar.
Su voz era cada vez más débil, apenas un susurro — No se va a marchar, ¿verdad?
— No se preocupe María, estoy aquí, a su lado. —Repetí. Si al menos pudiera cogerle la mano, para que supiese que no me iba a despegar de su lado—. No la voy a dejar sola, ya ha pasado lo peor.
— Dígale a mis hijos que los quiero mucho… no olvides decírselo siempre a tus propios hijos. No lo olvides… gracias por estar aquí conmigo… no te vayas.
Los bomberos tardaron más de hora y media en rescatarnos de entre los escombros causados por el terremoto. Para cuando llegaron hasta la anciana, llevaba ya más de media hora que no respondía a mis preguntas. Yo solo esperaba que hubiese perdido el conocimiento. Finalmente, los bomberos llegaron hasta su cuerpo inmóvil. El gesto inequívoco del sanitario al trastear junto a su cuerpo, me confirmó que la anciana había fallecido.  
Con lágrimas en los ojos salí al exterior. El sol ceniciento de la tarde fue suficiente para cegarme por un momento. El aire limpio, libre de polvo despejó mi mente, pero no el alma, aturdida todavía por la pérdida de aquella buena mujer. Conforme iba saliendo de la casa, en lo que quedó de la entrada, tropecé con un papel. Era una carta. Me agaché para desenterrarla de los escombros; sacudí el polvo y comprobé que era la misma carta, la que había ido a llevarle a aquella mujer. Instintivamente miré el remite, para intentar devolvérsela a su propietario; María Gómez Fuentes. Cuál fue mi sorpresa pues el remite era la misma mujer que había fallecido.
Entonces comprendí que la anciana había estado escribiéndose cartas todos estos meses, para acabar con su soledad y monotonía; al igual que el pajarillo de la cocina, se sentía sola, enjaulada y abandonada. Aquellos momentos en que yo le entregaba las cartas, y ella me ofrecía un trago de agua, o me preguntaba por mi familia; habían significado mucho para aquella mujer. Le habían hecho sentir que era alguien, que  seguía existiendo para alguna persona. De esta manera tan triste y macabra, me había enterado de su amarga realidad. Al menos no había muerto sola, pensé; en parte, para quitarme culpa de mis espaldas. En este tiempo, tampoco me había dado cuenta de lo triste y sola que estaba. Ni de cómo se le iluminaba el rostro, cuando me veía subir la cuesta con mi cartera, sentada al solecito en su humilde butaca colocada justo en la entrada de su casa. ¿Era eso lo que nos esperaba? —Me pregunté— después de tantas vivencias, amigos, amores, hijos, familias. ¿Era eso lo que nos aguardaba, la triste y resignada soledad?
— ¿Se encuentra bien? ¿Quiere que llame a alguien?— Preguntó un policía.
Debían ser más de las siete, Ana debía estar al borde de un ataque y preocupadísima.
— ¡Necesito un teléfono! — Dije sin casi mirarle a la cara. Estaba terminando de decirlo, cuando mi propio teléfono móvil sonó—. ¿Diga?
— ¡Carlos! Soy yo Ana. ¿Estás bien? — preguntó mi esposa al otro lado de la línea. Parecía extrañamente relajada— Ha sido por culpa del terremoto, ¿verdad?
— Si cariño, no te vas a creer lo que me ha pasado…
— Algunos temblores he notado, créeme mi vida. — Dijo, mientras escuchaba de fondo las voces de otras personas en el lugar donde se encontraba.
— ¿Has roto aguas? — Pregunté nervioso.
— Carlos… has sido padre a las seis y media. — Anunció mi esposa. No podía creerlo, me había perdido el nacimiento de mi primer hijo, después de tanta espera.
 — ¿Estáis bien?
— Sí, no te preocupes. Todo ha ido francamente bien. Pero adivina qué… no ha sido un niño como esperábamos. ¡Carlos, eres padre de una preciosa niña! Precisamente tengo a mi lado a la enfermera, preguntándome qué nombre le pondremos, teníamos claro el nombre para un varón, pero ahora… no sé…
— Dile a la enfermera que la niña se va a llamar María, y será la niña más querida y amada del mundo entero. Voy para allá, luego te cuento el porqué de ese nombre. Te quiero.
Cuando estaba subiendo al coche patrulla que me acompañaría hasta el hospital, escuché decir en voz alta al sanitario que estaba reconociendo a la anciana en una camilla. — Hora de la muerte: seis y media—.
Miré hacia atrás una vez más, y tuve la certeza de que los valores en mi vida iban a cambiar.



Thursday, 11 September 2014

Relato: Creímos estar Dormidos

Buenas a todos, hoy comienzo una nueva sección en la que iré dejando algunos relatos que he presentado a certámenes literarios, otros que han permanecido mucho tiempo en el cajón y que ahora comparto con todos vosotros, mis lectores, etc. Espero que os interesen y me escribáis un comentario sobre qué os ha parecido.

Título: Creímos estar Dormidos.
Género: Ciencia-Ficción, intriga.
Extensión: 9 páginas. 

CREÍMOS ESTAR DORMIDOS





Aquella noche todos los seres humanos del planeta nos fuimos a dormir como cualquier otra noche plagada de las innumerables efímeras horas de sueño, como ya habíamos hecho anteriormente a lo largo de nuestra corta o larga existencia. Todos dormíamos, excepto unos pocos desafortunados que no durmieron como los demás y sufrieron las consecuencias.

El catorce de Junio del año dos mil cuarenta, no fue otro día cualquiera. Llevábamos unos tres años  en los que un día y una noche del año,  todos dormíamos. Nuestros dirigentes habían sido capaces de taladrar nuestro cerebro para que ese día, elegido al azar, supuestamente, se declarase el día mundial del sueño. De esta manera, el planeta se paraba por completo. Era como una especie de parada de máquinas para poder reiniciar el sistema y que así, al menos de manera simbólica, nuestro planeta pudiese respirar, al menos, por un día.

Fueses como fueses, vivieras donde vivieras,  sufrieses insomnio o de narcolepsia, tenías que prepararte para dormir. Incluso los más raros celebraban fiestas de pijama multitudinarias en polideportivos o auditorios. Tal era el estado de convencimiento, o de ignorancia, que ni siquiera nos rebelamos cuando se nos informó de que seríamos levemente sedados a través de ondas electromagnéticas y fármacos. La explicación fue que de ese modo se evitaba que algunos desalmados violasen el buen propósito de la inmensa mayoría de la población del planeta, y robasen saqueasen, destruyesen aquello que los demás tratábamos de salvar. Yo fui uno de tantos crédulos que abanderé el movimiento pro-salvación del planeta con una jornada de sueño anual. Ahora pienso cómo de imbéciles fuimos, al tragarnos semejante patraña.

Durante las ocasiones anteriores, nadie recordaba nada, tan sólo que habían dormido como nunca. Un sueño reparador y placentero, aderezado con el mejor de los sueños, fue el único recuerdo de nuestro día a favor del sueño del año 2038 y 2039. Hubo incluso personas que incluso teniendo problemas con regularidad para conciliar el sueño, ese día durmieron como un bebé a pesar de ser las cuatro de la tarde y estar a pleno sol en el hemisferio donde se encontraban, mientras que la otra parte del mundo dormía con total normalidad durante la noche. Estas personas trataron de averiguar cuál era el fármaco, facilitado por las autoridades estadounidenses, para comprarlo; era la primera vez que dormían diez horas seguidas, tras décadas de sueño ligero, pero no tuvieron suerte a pesar de su empeño.

Nunca se sabía cuándo sería el próximo día mundial del sueño por la salvación medioambiental del planeta. El primer año había sido en Enero, pero el siguiente en Mayo. Este año nos habían comunicado con tan sólo dos semanas de antelación que la celebración  mundial sería el día 14 del mes de Junio. Me había fastidiado enormemente, pues era mi cumpleaños y pensaba hacer una barbacoa, la carne tuvo que ser congelada, las bebidas almacenadas; mis invitados ese día tenían algo más importante que hacer: dormir.

Durante el primer día mundial del sueño global colectivo, no hubo incidencias; pero durante el segundo sí: desaparecieron algo más de mil personas en todo el globo. Las autoridades estadounidenses y europeas, principales rectores de la iniciativa; se apresuraron a decir que no había de qué preocuparse. Finalmente una densa cortina de humo se posó sobre esas desapariciones, con espectaculares noticias sobre bajadas empicadas de los tipos de interés o descubrimientos singulares relacionados con la vida cotidiana.

Poco a poco los familiares de esas personas fueron apagando sus protestas. Una amenaza por aquí, un trabajo por allá, incluso algún silencio comprado voló sobre las humildes economías de estas familias.

Pero la tercera y última celebración de sueño universal, fue muy diferente. Para empezar, todo fue mucho más repentino y descontrolado. Cuando las autoridades anunciaron la celebración de este día, no todos los países estuvieron de acuerdo con la fecha; pero la condonación de alguna que otra deuda exterior, logró el absoluto consenso. Por otra parte, hubo alguna que otra voz que alertó de la existencia de un meteorito que se acercaba a la tierra a gran velocidad y cuyo impacto con la tierra podría ser probablemente el 14 de Junio. Inmediatamente los locos de las estrellas, como se les llamó a los aficionados a la astronomía que habían dado la voz de alarma, se les pagó unas vacaciones al penal más cercano por enardecimiento del orden público e intentar fomentar la histeria colectiva. Hubo incluso otros, cercanos a los gobiernos que empezaron a filtrar información un par de días antes; como que el fármaco que nos repartían era inocuo e incapaz de dormir a las personas, que tan sólo era una especie de placebo; y que realmente nos dormían a través de ondas emitidas desde los satélites situados en nuestra órbita terrestre.

Algo debió ir mal, porque yo, al igual que otros pobres desgraciados nos despertamos aquella noche, cuando se suponía que debíamos estar dormidos. Nos despertamos la noche que  todo el mundo debía permanecer inconsciente  mientras dormían.


Me fui a dormir temprano, aunque ahora creo que ni siquiera eso fue de mi propia elección. Lo último que recuerdo era estar tumbado sobre la cama, incapaz de meterme bajo las sábanas de algodón egipcio, debido al sofocante calor de principios de Junio, Ese verano iba a ser insoportable en Londres. Apenas había llovido y a causa del cambio climático, la ciudad británica me recordaba más que nunca a mi ciudad natal del sur de España. Fui cerrando los ojos poco a poco, lentamente iba perdiendo mi consciencia, cuando observé la pastilla que el gobierno británico se había molestado en hacernos tomar a primera hora del día al salir de casa, cogíamos el metro o tratábamos de llegar a tiempo para fichar en el trabajo. Durante todo el día, sin darme cuenta, había burlado  más por casualidad  que por intencionalidad todos los controles de los bobbies. Había decidido tomarme la pastillita beige que había dejado en el buzón de casa la anterior semana. Pero mi estado de semiinconsciencia estaba ya muy avanzado, así que alargué el brazo para alcanzar el pequeño fármaco y cuando lo introduje en mi boca, ya no recuerdo nada más que estar profunda  e inevitablemente dormido.

No sabía cuánto tiempo había dormido, pero tenía la sensación de haber dormido más de 24 horas. Miré el reloj despertador sobre la mesita de noche, y marcaba las dos. No podía creer que había dormido más de diecisiete horas. Me recosté en la cama, todavía aturdido por el sueño, y al rodearme, se me heló la sangre.

A través del hueco de las cortinas, perniabiertas puesto que no me había dado siquiera tiempo a cerrarlas, cuando el terrible sopor acabó dominándome; no entraba luz alguna del exterior. Todo lo rápido que pude, me levanté y me acerqué a mirar por mi ventana. Perplejo y algo mareado me apoyé en el alfeizar y comprobé que todavía era de noche. La noche más serena y silenciosa de la que había sido testigo en toda mi vida. Los coches no circulaban, los jóvenes no andorreaban tratando de delinquir bajo el cobijo de la nocturnidad, el viento siquiera removía las copas de los árboles más altos, ni siquiera los sin techo aparcados en el lateral de la boca del metro, parecían hoy intranquilos bajo sus montañas de pertenencias desechadas y kilos de indiferencia.


Nada se movía, nadie hablaba, todo estaba en calma, todos estaban dormidos. No pude más que preguntarme por qué yo no estaba como todos, dormido. Bastante asombrado, me dispuse a averiguar si algunos de mis vecinos estarían despiertos, o alguno de mis compañeros de piso. Fui a sus habitaciones, a oscuras, y estaban totalmente traspuestos. Me calcé unas zapatillas de deporte, unos pantalones cortos y la camiseta vieja para estar por casa, y decidí bajar a disfrutar de la noche más tranquila del año. Caminé por todo Portobello, si encontrarme a nadie. Todas las luces apagadas en el interior de las casas reteniendo el silencio de sus moradores. Aquellas viviendas con luz, tampoco albergaban nada. Normalmente, no se me hubiera ocurrido caminar a esas horas por el solitario y oscuro Londres, pero la temperatura y la oportunidad invitaban. Pensaba recordar cada detalle de esa noche para contarlo a la mañana siguiente. Uno de mis compañeros de piso trabajaba en un tabloide como becario. Tal vez publicasen una entrevista. Cuando llevaba un buen rato deambulando de arriba abajo, incluso asomándome por las ventanas bajas de los londinenses para comprobar que todos efectivamente dormían; me pareció ver algo cuando me disponía a doblar la esquina de la avenida que conducía hasta mi casa. Instintivamente me eché para atrás. Me quedé escuchando, y… nada. Me disponía a emprender de nuevo la marcha, cuando un inquietante ruido me frenó. Tenía que dar la vuelta. Pero esa era el único acceso de vuelta a casa. Me estaba empezando a arrepentir, por qué había salido de casa. El ruido volvió a acercarse. Tenía que marcharme de allí, pero el pánico me impedía moverme. Sigilosamente, casi sin respirar tampoco, me incliné sobre la pared para ver qué era lo que me estaba aterrorizando. Cuando mi vista empezó a doblar la esquina, lo vi: había alguien vestido de negro con ropa militar, que al verme asomar tomó impulso y  comenzó a correr hacia mí. 
—maldición— pensé. Pero esta vez mis piernas me respondieron, gracias a la adrenalina segregada ante la visión del sujeto que inspiraba toda clase de consecuencias terribles para mi persona. Corrí cuanto pude, más rápido que cualquiera de las veces que salía a correr a St. James’ Park. Pero al recorrer varias calles, tropecé con un adoquín y mi perseguidor me alcanzó. En el suelo, escuché su respiración entrecortada, me dispuse a rodearme para verle la cara, cuando sentí un penetrante dolor tras la nuca y caí de bruces.

Volví a recobrar el conocimiento en una especie de vehículo amplio pero sin ventanas. A mi lado sentí la presencia de otras personas, a las que no pude tocar o hablar  porque mis manos estaban atadas, y un enorme trozo de cinta americana taponaba mi boca y parte de los orificios nasales.  No sabía ni dónde íbamos, ni quiénes eran esas personas. Sólo sé que estaba realmente asustado. Nada bueno podía sucedernos. Al poco, el vehículo se detuvo. Tras un tiempo de traqueteos por lo que parecía una carretera rural intransitada.  Al abrirse las puertas pude ver a militares encapuchados, apuntándonos con sus linternas y armas. Nos condujeron a una especie de campamento en mitad de la nada. Fui arrojado al suelo junto con mis compañeros, dentro de una de las tiendas. Mis compañeros de cautiverio sollozaban y se retorcían tratando de escapar. Había mujeres, niños e incluso ancianos. Conté una veintena de personas. Justo al lado se encontraba una de las tiendas de los militares, estaban hablando bastante alto, para la costumbre local. Cuando me fijé bien en el acento, y descubrí que el Inglés que hablaban era inglés americano. Comentaban qué iban a  hacer con nosotros, decían algo sobre la hora fijada, nos llevarían a donde habían acordado; sólo debían dejarnos sobre la señal, en el lugar exacto de las coordenadas, y marcharse, si no querían acabar igual que nosotros. Alguno de los hombres se reveló, acerca de lo que estaban haciendo, no hacía más que repetir que sólo éramos civiles inocentes. El que parecía ser su jefe, le aconsejó que se callara, éramos nosotros  o toda la humanidad. Decía que había un equilibrio que respetar, y decía algo sobre si no estábamos preparados para conocer algo así. Incluso le aconsejó perderse en el Caribe con el dinero que le iban a proporcionar, y olvidara todo aquello. No pude oír más por los lamentos de los pequeños y las mujeres. 


Supe que debía escapar de allí como fuese. Busqué a mí alrededor algo con lo que cortar las cuerdas que retenían mi libertad. No había nada a la vista, fue entonces cuando vi a un pequeño secarse las lágrimas con el envés de su manga; le hice señas y se acercó a mí. Le indiqué que quitara mi mordaza, al principio dudó, pero luego lo hizo. Le expliqué que debía intentar desatarme, cuando lo estaba logrando, y la presión sobre mis muñecas disminuía; alguien entró en la tienda. El chico fue sorprendido de pie a mi lado, yo inmediatamente miré hacia abajo. El soldado cogió al chiquillo del brazo y entre gritos y empujones lo sacó de la tienda. Continué frotando mis muñeca hasta que por fin me deshice de las ataduras, lo siguiente fueron los pies. Mi pulso se iba acelerando poco a poco conforme veía más cercana mi liberación. Me dirigí a la parte posterior de la tienda buscando una salida. Aquellas personas al verme  empezaron a suplicar que les liberase, sus caritas imploraban mi ayuda, pero el ajetreo delante de la tienda indicaba que un momento o en otro vendrían en busca nuestra. Con un trozo de metal que encontré en el suelo conseguí rasgar la tela de la tienda, la grieta irregular y estrecho, me permitiría a duras penas salir de aquel lugar. Miré a través de ésta y comprobé que daba a una arboleda. Introduje mis manos por el agujerito y con todas mis fuerzas agrandé la rendija inicial hasta que mi cuerpo pudo pasar con esfuerzo al otro lado. Justo acababa de caer al suelo detrás de la tienda; cuando los militares entraron a por los prisioneros. Permanecí inmóvil tras un árbol cercano, esperando ser descubierto. Afortunadamente, tenían prisa y se gritaban unos a otros para cumplir con la hora fijada. Esperé un par de minutos pétreo, inerte hasta que los oí marcharse. Me asomé pasados otros minutos, y comprobé que no había nadie. En la distancia, a unos ochocientos metros, vi que paraban los vehículos y arrojaban allí a las personas. Inmediatamente después salieron pitando del lugar. Pensé que los habían matado , pero entonces les vi moverse, e intentar levantarse del suelo. Sin pensarlo, con los vehículos todavía cerca, corrí en su ayuda. 


De repente un ruido ensordecedor, el trueno más atroz que jamás había escuchado, retumbó sobre mi cabeza. Acto seguido un cegador haz de luz salió de lo que parecía una enorme superficie aérea y los engulló. Boquiabierto, vi como en un instante la monstruosa mancha había desaparecido y con ella todos los testigos de tal atrocidad.

Creo que me mareé un poco, incluso pensé estar soñando. Desolado y en shock empecé a llorar en el suelo. En pocos minutos, parecía no haber pasado nada. Así estuve, mirando al cielo durante horas, hasta que el sol empezó a colorear todas las cosas a mí alrededor. Anduve durante un par de horas atravesando el bosque, temeroso de encontrarme a alguno de esos hombres, hasta que llegué a una carretera secundaria. Me preguntaba qué había visto, qué había pasado. Tras varias horas de caminata, un coche se aproximó en la distancia. Antes de que pudiera reaccionar, lo tenía encima.

 Un buen hombre se ofreció a llevarme hasta Londres, pretendía ir a la ciudad a ver si sus familiares habían dormido tan plácidamente como él esa noche. Yo inventé una excusa acerca de haberme quedado dormido en mitad del campo, porque mi coche se había averiado.

De vuelta a casa, las noticias de la radio informaban del éxito de la pasada jornada, y cómo se habían ahorrado millones de euros en electricidad, se había reducido la contaminación, y de cómo habían dormido todos los entrevistados en plena calle.

Estaba hecho polvo, por suerte el hombre se dirigía a dos paradas de metro de casa. Me dejó un par de libras para comprar un billete sencillo y me bajé en Portobello. Estaba deseando llegar a casa, y contar a mis compañeros lo que me había pasado, aunque no sabía si me tomarían por loco. Así que a ducharse, y esperar a ver si escuchaba algo en las noticias parecía la mejor alternativa.  Cuando me disponía a subir las escaleras de casa, me di cuenta que no tenía llaves. Mi compañero me vio desde arriba y corrió a buscarlas, para echármelas por la ventana. Intenté atraparlas, pero fallé y cayeron al suelo. Me volví exhausto para cogerlas; maldiciendo a mi amigo, que ya no estaba en la ventana,  por su mala puntería. Al recogerlas del asfalto, un taxi pasó por delante de nuestro edificio, en su interior una figura se sorprendió al verme. Se revolvió en su asiento con las órbitas desencajadas. El taxi paró unos metros delante del edificio;  bajó la ventanilla para buscarme, pero yo ya me encontraba escondido tras la puerta del portal. 

Donde un instante antes había habido una figura recogiendo las llaves, ya no había nada. Tras unos eternos segundos, el taxi arrancó de nuevo, y escuché como se alejaba. Volví a respirar cuando a través del cristal comprobé que el coche giraba justo por  la misma esquina en que la pasada noche había sido apresado. Y más aliviado comencé a subir las escaleras cuando comprobé  que quien iba dentro del taxi era el mismo hombre de negro que me la anterior noche me había atacado.  Giré la llave y entré en casa.
 —¿A salvo? —me pregunté.

Rafael Alcolea Harold

Creimos estar dormidos - (c) - RAFAEL ALCOLEA RODRÍGUEZ Safe Creative #1102110334934
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