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Saturday, 14 June 2014

Capítulo 3- parte 1ª de Hechizo de Sangre

Hoy os dejo la primera parte del capítulo 3 de Hechizo de sangre, espero que os guste...

 

3



Cuando me desperté estaba sudando. Debí gritar muy fuerte porque mis padres entraron atropelladamente en mi habitación, cegándome con la luz.

—Hijo, ¿te encuentras bien? —preguntó mi madre con rostro preocupado.

Me acercó el vaso de agua que descansaba sobre la mesita de noche.

—Tanto estudio no debe ser bueno Marc. Deberías salir más y divertirte. Un chico joven como tú debería despejarse.  —me riñó mi madre acariciando mi frente. No importaba lo mayor que fuese ya, pero mi madre siempre actuaba conmigo como si tuviese siete años.

—No te preocupes mamá, sólo fue una horrible pesadilla. Y ahora si no os importa, me gustaría seguir durmiendo. Por favor, dejadme descansar. Hace poco que me he acostado. —les supliqué para calmarlos.

En cuanto mis padres cerraron la puerta de mi habitación, corrí sigilosamente hasta la ventana a observar su casa. Todo parecía normal, todas las ventanas estaban cerradas y el sol coloreaba el horizonte indicando que empezaba a amanecer. Ella estaría dormida y todo aquello no habría sido más que una terrible pesadilla mientras estaba estudiando. Ahora dudaba si siquiera fui capaz de acercarme a llamar a su puerta. Volví a acostarme, pero no podía conciliar el sueño. A mi cabeza no cesaban de sobrevenir escenas de lo que había soñado o vivido esa noche. No sabía qué pensar, pero todo había sido tan real, tan vívido que… De todas formas, las pesadillas más espeluznantes siempre resultaban ser las más realistas. Me rodeé y me quedé dormido.

Cuando me levanté eran ya cerca de las tres de la tarde. El sol apenas si me dejaba ver dentro de mi habitación inundándolo todo con su potente luz. Ni la mayor claridad del mundo me había impedido dormir a pierna suelta. Me sorprendí de lo muchísimo que había dormido.

 Estaba solo en la casa. Mis padres no volvían hasta las cinco de la tarde o más. La verdad no comprendía cómo eran capaces de ir a trabajar después de salir la noche anterior. Todavía no sabía qué pensar sobre lo que había pasado la noche anterior. Fui a la cocina a comer algo porque estaba famélico. Sentía que podría devorar cualquier cosa que me encontrase en la cocina. Esperaba que mi madre me hubiese dejado algo de almuerzo.

Pasé la mayor parte de la sobremesa estudiando, traté de no darle más vueltas al asunto. Seguramente me quedaría dormido mientras estudiaba y mi subconsciente me jugó una mala pasada.

A eso de las seis llegaron mis padres a casa. Así que fueron la escusa perfecta para que cerrara los libros. Encendí rápidamente la tele del cuarto para no escuchar a mamá volviendo a protestar que no debía estudiar tanto. En realidad era una madre un poco atípica, otra en su lugar habría corrido a mis brazos y me hubiese comido a besos de encontrarme devorando los libros de la universidad.

— ¡Hola hijo! —exclamó mamá feliz al verme que sabía hacer otras cosas a parte de estudiar—. Espero que te hayas recuperado de la noche de ayer y tanto estudio. Me alegra saber que sigues mi consejo y vas a salir a divertirte. Tu amiga me ha dicho que vais a salir esta noche, dijo que a las diez se pasaría por aquí a recogerte. Parece una chica muy educada y bastante guapa, ¿verdad Tony? —preguntó a papá tratando de meterlo en nuestra conversación, y así convencerme entre los dos a salir con la hija de los Forbs. Otra cerebrito que estudiaba conmigo, a la que hacía un siglo que no veía, al estudiar ella en el turno de la tarde. Era muy rica, pero yo estaba interesado en Sasha.

—Mamá cuántas veces he de repetirte que Anne no me gusta. No es mi tipo… No me importa cuántos contactos tenga su padre, o cuánto chicos querrían estar en mi pellejo.  —Protesté—, además siempre me cuesta bastante sacarle una frase de más de tres palabras a esa chica. Es demasiado tímida…

—A ver cariño, creo que te estás confundiendo. No te estoy hablando de Helen. Es de esa chica rubia tan mona, ¡nuestra vecina! —Anunció mi madre—. Aunque entre nosotros, creo que es un pelín más mayor que tú. Ahora mismo casi no se nota la diferencia, pero a la larga…

 Me quedé petrificado. Entonces, todas las imágenes que había tratado de borrar de mi mente se agolparon una de tras de otra como en una presentación de Power Point a toda velocidad,  bloqueando mi cerebro durante unos instantes. Noté que la sangre abandonaba mis mejillas para bajarse hasta los talones, me quedé totalmente helado. Inconscientemente llevé mi mano a la cabeza. Rápidamente localicé un enorme bulto en la parte trasera de mi cráneo. < ¿Por qué no lo había hecho hasta ahora?> —pensé. Entonces… todo lo que había vivido anoche era cierto…

— ¡Hijo! ¿Qué te ocurre? Estás pálido como la pared.  —Preguntó mamá posando la palma de su mano sobre mi frente de nuevo—, ¿estás enfermo? Creo que tienes fiebre. Ahora mismo llamo a esa joven y le digo que te encuentras indispuesto, ya quedaréis otro día. —sentenció, ejerciendo de su afición favorita como metomentodo.

Me acompañó hasta mi cama y me advirtió que me traería en pocos minutos un enorme vaso de leche caliente. Sabía bien que la odiaba. Seguramente la acompañaría con un enorme paquete de galletas, y ese jarabe que sabía a cualquier cosa menos a nada comestible. Al cabo de unos minutos volvió mi improvisada enfermera tras el traqueteo de una bandeja.

—Tómate también esta pastilla que te sentará muy bien —dijo sin dejarme protestar, e hizo que me la tragara ayudado por el primer sorbo de leche caliente—. ¡No pongas esa cara de asco! Muy bien, ahora a dormir. Descansa y mañana ya tendrás tiempo de ver a quien quieras.

Mi cabeza daba vueltas y más vueltas a lo que había vivido. Una parte de mí, la racional, me decía que era imposible que mi experiencia de la noche anterior fuese real. Pero las heridas de mi cuerpo me indicaban lo contrario. ¿Y si… me había golpeado bajando hasta el cuadro eléctrico y había imaginado toda esa fantasía con la vecina? Existía una pelea interna en mi cerebro entre racionalistas y empiristas; Descartes y Hume luchaban a ver quién se llevaba el gato al agua. Este debate filosófico pudo conmigo. Realmente esos dos hubiesen acabado con cualquiera. Pronto me quedé dormido.

No sé bien cuánto tiempo llevaba durmiendo. Parecía haber descansado bastante porque tardé en reaccionar al escuchar un ruidito constante en el cristal de la ventana. Encendí la luz y me dirigí hasta el cristal. Cuando descorrí los visillos que la cubrían, fuera sólo había oscuridad. Entreabrí la ventana para comprobar que el ruido provenía realmente de fuera y asegurarme de no estar sufriendo algún tipo de paranoia post-traumática.

— ¡Buenas noches Marc! —Habló una susurrante voz desde el tejado del garaje— ¿creías que me marcharía y no vendría a contarte más cosas sobre mí?

No podía creerlo, era ella: ¡Sasha! Tenía tantas cosas que preguntarle, tantas dudas me asaltaban, que su invitación para hablar era irrechazable.

Al recapacitar un segundo me percaté de que no sabía si pedir auxilio, abalanzarme sobre ella y darle un beso, o cerrar la ventana y salir corriendo por la puerta trasera. Pero finalmente hice lo que menos esperaba que haría: acompañarla.

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