Buenas a todos, hoy os presento mi último hijo literario:
Cuando ya te habías ido.
Una
novela romántica que narra la historia de Sara una joven que debe
renunciar a sus sueños con el amor de su vida por sobrevivir y acatar
aquello que su familia le impone. La novela describe cómo Sara debe
madurar de golpe y hacer frente a un matrimonio de conveniencia y a
sobrevivir al lado de un hombre al que no ama.
Ficha Técnica:
Título: Cuando ya te habías ido
Autor: Rafael Alcolea Harold
Páginas: 194
Editorial: independiente.
Código Amazon: B00N1YQ28Q
SINOPSIS:
¿Qué ocurriría si te volvieses a encontrar con el amor de tu vida después de
muchos años?
¿Qué harías al descubrir que tu matrimonio tiene secretos
inimaginables?
¿Perdonarías a una madre que comerció con tu vida en el
pasado?
La vida de Sara Scott no fue fácil, tuvo que marcharse de España
y dejarlo todo para sobrevivir tras una desgracia familiar, incluído a Javier,
el amor de su vida. Años más tarde, cuando por fin consigue regresar a su país,
estrenar la casa que su marido le ha regalado en la costa, y se reencuentra con
Javier; Sara recibe una terrible noticia mientras está de vacaciones: Robert, su
esposo, ha fallecido. Sara desconocía que estuviese enfermo... Robert le ha
ocultado su enfermedad, pero ¿Por qué?
Debe viajar a Londres donde
descubrirá que la acomodada vida proporcionada por su marido, un agente de bolsa
y rico heredero, encierra oscuros secretos que tendrá que ir resolviendo para
escapar en esa telaraña de sentimientos, entre ellos: recuperar a la hija que
ambos tenían en acogida...
Una novela romántica con tintes de novela negra y de
suspense, que combina todos los elementos para no dejarte separarte de
las páginas hasta que la acabes.
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Como siempre me encantaría la mayor difusión posible, sé que puedo contar con vosotros, sois geniales.
Thursday, 18 September 2014
Saturday, 13 September 2014
Relato Corto: Una Sola Carta
Título: UNA SOLA CARTA
Extensión: 11 páginas.
Género: Valores-contemporáneo
Autor: Rafael Alcolea Harold
UNA SOLA CARTA
Tan sólo me faltaba una casa, y
terminaría al fin mi jornada laboral aquella mañana. Aceleré el paso por las
estrechas callejuelas que me separaban de mi libertad, saltando sobre los
viejos y castigados adoquines por la lluvia y las heladas. Mi medio de transporte
habitual: una vieja y abollada Vespa amarilla, no sobreviviría a semejante
castigo.
La
tierra ya se había sacudido levemente durante la pasada madrugada. Algunos
vecinos de la capital ni se percataron del temblor. Estaba sudoroso, nervioso a
la par que preocupado por la situación en casa. Debía entregar aquella carta y
volver a casa de inmediato.
El
pueblecito estaba situado a unos mil metros de altitud, no tenía más de
quinientos habitantes, y por lo tanto las principales compañías de teléfono habían
desestimado la colocación de antenas para mejorar la señal. Por lo tanto no
había mucha cobertura. Casi siempre debía esperar a bajar hasta Villar del
Campo, para poder realizar o recibir llamadas. Miré el teléfono y seguía sin
ninguna raya de cobertura. Si Ana me llamaba se toparía con la grabada voz de
la operadora recordándole que su marido estaba aislado de la sociedad, y que en
esos momentos no podría ayudarla por mucho que él se empeñara.
Mi
nuevo smartphone era un inútil artilugio en medio de tan rústico panorama.
Agradecía la sensación que producía el sol sobre mi cara. El aire frío de
finales del otoño, era contrarrestado con un calor acogedor que me empujaba a
seguir con mi tarea. Por otra parte, odiaba la sensación al llamar a una casa, y
presentarme sudando por cada poro de mi cuerpo; las personas me miraban a
menudo pensando —pobre pardillo, está chorreando—, yo disimulaba mientras el
cliente firmaba el recibí, para enjugarme el sudor en la manga de mi camisa;
esperando aquel vaso de agua fresca que rara vez me era ofrecido.
Precisamente
aquella casa estaba situada al final de la última calle del pueblo. En aquel hogar vivía una pizpireta abuelita, que
siempre se alegraba de verme. Pero aquel día no podía entretenerme y hablar con
ella; tenía que estar en casa cuanto antes. Al girar por la esquina donde se
encontraban las viejas casonas medio derruidas por el paso del tiempo,
contemplé los destrozados tejados y las podridas vigas que se asemejaban al
esqueleto de un gran animal extinto. Me preguntaba quién habría vivido allí, o
qué historias habrían ocurrido en aquella casa. Solo esperaba que hubiesen sido
felices.
Sin
darme apenas cuenta llegué hasta la mismísima puerta donde debía dejar la
carta. El enorme portón verde carruaje me devolvió a la realidad; olvidé
entonces la historia de los demás para centrarme en la mía propia. Llamé hasta
tres veces, por si la anciana no me oía; tal vez estuviese con alguna visita,
aunque solía estar sola. Finalmente, cuando estaba girando sobre mis talones,
la entrañable ancianita apareció a través del marco de la puerta.
—
¡Buenos días hijo! — Exclamó la anciana abriendo el portón con dificultad. La
mujer al verme sudoroso, me hizo un gesto para invitarme a pasar y beber un
poco de agua. Yo decliné la invitación, pues debía volver cuanto antes, no
sabía qué me encontraría a mi regreso.
—
No se preocupe María. Le traigo una carta. —Le informe mostrándosela. La mujer
casi sin mirarla, me introdujo dentro de la casa sin aviso.
—
¡Gracias hijo! Eres muy amable trayendo la carta hasta aquí. Será del banco. Yo
no entiendo de números así que déjala por ahí en cualquier parte. — Dijo de
manera lastimera para conmoverme y que se la leyera— ¿Serías tan amable de
sentarte y descansar mientras bebes un gran vaso de agua fresca? — Preguntó.
Consiguió
conmoverme, y accedí a su invitación. Miré el reloj de soslayo cuando se dio la
vuelta, no quería ser descortés. Eran las dos menos cuarto. El móvil seguía inoperativo, no había llamadas de casa, ni
cobertura. Al entrar en la casa, me sentí tele transportado a otra época. La vieja máquina de
coser SINGER presidía el recibidor, acompañada
por una enorme radio antigua, flanqueados a su vez por innumerables maceteros vacíos que poblaban todos los
rincones. Le había gustado mucho la jardinería, pero ya no tenía fuerzas para
cuidar a tantas plantas. La seguí hasta donde me dijo que guardaba celosamente
todos los recibos del banco: su dormitorio. Para llegar a la estancia, debíamos
atravesar la inmensa cocina, desproporcionada para una sola persona. La anciana
me miró y comprendió mi asombro al ver la habitación.
—
Aquí comíamos quince personas todos los días: mis padres, mis trece hermanos y yo. — Dijo como justificando las dos altas
filas de sillas de anea, apiladas junto a la jaula de un viejo y rechoncho
canario anaranjado. El pájaro, único compañero de la anciana, saltó de lado a
lado en su estrecha jaula nada más verme. Se notaba que el animal estaba emocionado al haber sido
alterada su monótona rutina diaria.
La
anciana se detuvo frente al impasible botijo colocado sobre un plato de barro
cocido oscuro. Su sobrio color beige estaba salpicado con un par de adornos
multicolores hechos de ganchillo. Agarré el botijo y bebí varios tragos largos
hasta que tuve que detenerme para respirar y así poder continuar bebiendo. Miré
el reloj de nuevo, necesitaba saber qué estaba pasando en casa. Tenía que
levantarme y marcharme de inmediato. Con suerte sólo tardaría cinco minutos en
escucharla. Entonces podría salir pitando pueblo abajo hasta donde se
encontraba la moto. Si agobiaba el motor de la Vespa podría estar en casa
veinte minutos más tarde.
Una
vez hube acabado el agua la acompañé a depositar la carta en el dormitorio, situado
junto a la cocina. Era la primera vez que accedía a un dormitorio desde la
cocina; la aleatoria distribución de la casa se debía sin duda a la ampliación
de las estancias conforme la familia había ido aumentando. Al entrar al
dormitorio me detuve a contemplar el escaso espacio de pared que quedaba libre
debajo de tantísimos cuadros y retratos. Había miembros de la familia de
diferentes generaciones: las más recientes de los nietos eran a color y estaban
enmarcadas en marcos más modernos; las más antiguas eran aquellas fotos en
blanco y negro con el borde arrugado por el paso del tiempo. De inmediato pensé
en cuánto tardaría yo en quedarme dormido por culpa de tantísimos ojos
observándome al irme a dormir.
De
repente sentí que me mareaba, pero al mirar a la anciana apoyarse sobre su cama
mientras se tambaleaba, deduje que no era cosa mía; se trataba de otro temblor
de tierra. Me dispuse a ayudarla a sentarse, pero antes de que pudiese
alcanzarla, un tremendo ruido y un desgarrador crujido, provocó que casi todas
las botellitas de colonia y demás objetos colocados en la centenaria cómoda del
dormitorio, fuesen cayendo al suelo como a cámara lenta.
Muchos
cuadros comenzaron a desprenderse de su mohosa alcayata para terminar rompiéndose
contra la solería. Intenté refugiarme bajo el quicio de la puerta, como había visto en cierta película sobre
terremotos, pero antes de alcanzarla; el techo comenzó a desprenderse mientras
la sacudida empezaba a ser más fuerte. Dos enormes vigas cayeron sobre la
entrada de la habitación, bloqueándola. Después oscuridad, polvo, lamentos y
frío.
—
Señora, ¿se encuentra bien? — Pregunté a ciegas —. No hubo respuesta. Volví a intentarlo.
Una vez más, silencio. Me acordé que tenía una pequeña linterna que funcionaba
con energía cinética en mi bolso de cartero. Al iluminar la estancia comprobé
que parte del piso superior de la casa se había desplomado sobre el dormitorio
y la anciana, creando una especie de muro divisorio entre los dos.
— Pobre mujer —Pensé.
Yo
tan solo me había golpeado en un hombro y la espalda, pero podía moverme.
Alumbré a través de una oquedad del nuevo muro de escombros, y vi su cuerpo;
movía una mano levemente. Estaba recostada sobre parte del colchón, en el
suelo. Parecía que seguía con vida. Al recorrer su cuerpo con el haz de luz,
comprobé que estaba sepultada bajo un montón de escombros.
—
María, ¿puede escucharme? —vociferé. Miré mosqueado al móvil que seguía sin
cobertura. Grité pidiendo ayuda, pero no obtuve respuesta.
—
Hijo — escuché un débil susurro que provenía de la mujer.
—
¡Estoy aquí! No se preocupe, enseguida vendrán a rescatarnos. — Le mentí.
—
La anciana parecía estar malherida, y a pesar de estar quieta, no podía dejarla
dormirse; sería terrible si perdía la consciencia.
—
María, mientras nos rescatan, ¿por qué no me cuenta algo de sus hijos? —
Sugerí.
—
Tengo cuatro — respondió con un hilo de voz.
—
¿Vive usted aquí sola, o con sus hijos? — Le pregunté para saber si alguien
tenía que volver a casa, y así pudiese encontrarnos.
—
Sí hijo, sola, muy sola. Mis hijos viven en la capital. Allí tienen sus vidas.
—tragó saliva para continuar hablando—. El mayor es médico, la segunda trabaja
en un banco, y los dos pequeños son profesores. Pero todos viven lejos. Están
muy ocupados.
Traté
de mover algunas piedras para acceder a ella. Aunque no podríamos salir de
allí, por lo menos intentaría hacerle ver que no estaba sola. Al mover las
piedras, las superiores caían, varias de ellas se desparramaron cerca de mis
pies, que casi fueron espachurrados. Pero ese pequeño desprendimiento hizo que
el hueco por donde podía ver a la anciana se ensanchara, proporcionándole más
oxígeno a la mujer.
—
¿Siempre ha vivido aquí en esta casa? —pregunté.
—
Sí hijo siempre. Bueno mejor dicho: casi siempre. Durante la guerra civil
tuvimos que cerrar esta casa, que me dejó mi padre en herencia, y emigrar hasta
Barcelona. —dijo tosiendo.
— ¿De veras? — Pregunté animándola a continuar
hablando— Estaba usted en el bando equivocado. ¿No?
—
Bueno, yo nunca entendí de política. Mi marido sí era más de esas historias.
Mis preocupaciones eran diferentes: lavar la ropa junto al río, acarrear agua
para las bestias, y criar cuatro diablillos. —dijo dolorida tratando
inútilmente de incorporarse.
—
¡Quédese tendida y quieta! — Le supliqué— imagino que su vida sería muy dura.
—
Y que lo digas. Mi marido fue barbero y tuvo que hacer de tripas corazón para conseguir algo de dinero o comida. Los
domingos se iba al campo donde los señoritos cazaban, para ver si podía pelar a
alguno. A veces no le pagaban, otras veces le daban un par de liebres mal
matadas. El pobre mío me duró muy poco, a los cuarenta y tres años sufrió un
infarto. No me quedó más remedio que sacar a mi familia adelante yo sola. Con
treinta años quedé viuda, y aunque hubo mucho listo que quiso aprovecharse de
la situación; pude encontrar trabajo en la capital, gracias a una prima lejana
que trabajaba en una partería. Allí vi de todo: muchachas pobres obligadas a
entregar a sus hijos para que fuesen adoptados por familias ricas, abortos
ilegales, incluso a mujeres que les robaban a sus hijos y les decían que
estaban muertos. ¡Unos sinvergüenzas! Yo no tuve más remedio que aguantar y
callar como tantas hemos hecho siempre.
La
anciana volvió a quejarse de dolor, estaba claro que su situación empeoraba.
Intenté encender y apagar el móvil, pero no había manera de coger señal.
—
María, no se preocupe pronto saldremos de aquí. —Volví a mentirle.
—
No importa hijo, yo ya estoy en paz con la vida. Ya he hecho todo lo que
quería, he tenido el cariño de los míos, he tenido hijos y nietos. ¿Y tú?
¿Tienes hijos? Da igual, al final te vuelves un estorbo para ellos. Tú que
sacrificaste todo por ellos, y ahora solo les pides algo de cariño y compañía.
Tienen sus vidas, su trabajo y familia; las actividades de los nietos. Uno
estudia piano, quinto curso… las reuniones con los amigos; y la madre es lo
último de lo que se acuerdan. Siempre con prisas de aquí para allá, para estar
en todos lados y en ninguno en particular. Eso no es vida. Siempre que vienen
están pendientes del reloj, creen que no les veo. Encima estoy muy mayor para
cuidar a los nietos, así que no les sirvo. Pienso que no es bueno llegar a
vivir tantos años, te evitarías ver según qué cosas… Normalmente olvido los
últimos momentos con ellos y recuerdo cuando mis hijos eran pequeños, y estaban
siempre aquí, conmigo. Sé que no les veré más, ¿les dirás que les perdono? Siempre
los querré a pesar de todo…
—
No diga usted eso, María. Verá como salimos de esta. Sus hijos la quieren a su
manera, no tienen la culpa de vivir el tiempo que les ha tocado. — Los
justifiqué, acordándome de mis propios padres, a los que llevaba más de un mes
sin visitar.
—
No importa, de veras que no me importa. Les quiero a todos y siempre los
querré, no importa lo que se acuerden de mí. A un hijo se le quiere por
siempre; a unos padres… no sé. ¿Tienes hijos?
Iba
a responderle, cuando un ruido del exterior apagó mi respuesta. Había alguien
fuera.
—
¿Hay personas dentro de la casa? — Preguntó una voz ronca y masculina.
—
Sí. — Respondí emocionado. Volví a repetirlo con todas mis fuerzas, por si
acaso no había escuchado la primera respuesta—. Hay una mujer gravemente
herida, es muy mayor. ¡Dense prisa! ¡Hay heridos!
—
De acuerdo, soy del cuerpo de bomberos, no se preocupe en seguida les sacaremos.
No mueva a la herida. — Advirtió el hombre. Quise gritarle que no podía
acercarme a ella, pero ya se había ido en busca de ayuda.
—
¡Qué regalo tan maravilloso! — exclamó la anciana, que ya empezaba a delirar.
Su
voz era cada vez más débil, apenas un susurro — No se va a marchar, ¿verdad?
—
No se preocupe María, estoy aquí, a su lado. —Repetí. Si al menos pudiera
cogerle la mano, para que supiese que no me iba a despegar de su lado—. No la
voy a dejar sola, ya ha pasado lo peor.
—
Dígale a mis hijos que los quiero mucho… no olvides decírselo siempre a tus
propios hijos. No lo olvides… gracias por estar aquí conmigo… no te vayas.
Los
bomberos tardaron más de hora y media en rescatarnos de entre los escombros
causados por el terremoto. Para cuando llegaron hasta la anciana, llevaba ya
más de media hora que no respondía a mis preguntas. Yo solo esperaba que
hubiese perdido el conocimiento. Finalmente, los bomberos llegaron hasta su
cuerpo inmóvil. El gesto inequívoco del sanitario al trastear junto a su
cuerpo, me confirmó que la anciana había fallecido.
Con
lágrimas en los ojos salí al exterior. El sol ceniciento de la tarde fue
suficiente para cegarme por un momento. El aire limpio, libre de polvo despejó
mi mente, pero no el alma, aturdida todavía por la pérdida de aquella buena
mujer. Conforme iba saliendo de la casa, en lo que quedó de la entrada, tropecé
con un papel. Era una carta. Me agaché para desenterrarla de los escombros;
sacudí el polvo y comprobé que era la misma carta, la que había ido a llevarle
a aquella mujer. Instintivamente miré el remite, para intentar devolvérsela a
su propietario; María Gómez Fuentes. Cuál fue mi sorpresa pues el remite era la
misma mujer que había fallecido.
Entonces
comprendí que la anciana había estado escribiéndose cartas todos estos meses,
para acabar con su soledad y monotonía; al igual que el pajarillo de la cocina,
se sentía sola, enjaulada y abandonada. Aquellos momentos en que yo le
entregaba las cartas, y ella me ofrecía un trago de agua, o me preguntaba por
mi familia; habían significado mucho para aquella mujer. Le habían hecho sentir
que era alguien, que seguía existiendo
para alguna persona. De esta manera tan triste y macabra, me había enterado de
su amarga realidad. Al menos no había muerto sola, pensé; en parte, para
quitarme culpa de mis espaldas. En este tiempo, tampoco me había dado cuenta de
lo triste y sola que estaba. Ni de cómo se le iluminaba el rostro, cuando me
veía subir la cuesta con mi cartera, sentada al solecito en su humilde butaca
colocada justo en la entrada de su casa. ¿Era eso lo que nos esperaba? —Me
pregunté— después de tantas vivencias, amigos, amores, hijos, familias. ¿Era
eso lo que nos aguardaba, la triste y resignada soledad?
—
¿Se encuentra bien? ¿Quiere que llame a alguien?— Preguntó un policía.
Debían
ser más de las siete, Ana debía estar al borde de un ataque y preocupadísima.
—
¡Necesito un teléfono! — Dije sin casi mirarle a la cara. Estaba terminando de
decirlo, cuando mi propio teléfono móvil sonó—. ¿Diga?
—
¡Carlos! Soy yo Ana. ¿Estás bien? — preguntó mi esposa al otro lado de la
línea. Parecía extrañamente relajada— Ha sido por culpa del terremoto, ¿verdad?
—
Si cariño, no te vas a creer lo que me ha pasado…
—
Algunos temblores he notado, créeme mi vida. — Dijo, mientras escuchaba de
fondo las voces de otras personas en el lugar donde se encontraba.
—
¿Has roto aguas? — Pregunté nervioso.
—
Carlos… has sido padre a las seis y media. — Anunció mi esposa. No podía
creerlo, me había perdido el nacimiento de mi primer hijo, después de tanta
espera.
— ¿Estáis bien?
—
Sí, no te preocupes. Todo ha ido francamente bien. Pero adivina qué… no ha sido
un niño como esperábamos. ¡Carlos, eres padre de una preciosa niña!
Precisamente tengo a mi lado a la enfermera, preguntándome qué nombre le
pondremos, teníamos claro el nombre para un varón, pero ahora… no sé…
—
Dile a la enfermera que la niña se va a llamar María, y será la niña más
querida y amada del mundo entero. Voy para allá, luego te cuento el porqué de
ese nombre. Te quiero.
Cuando
estaba subiendo al coche patrulla que me acompañaría hasta el hospital, escuché
decir en voz alta al sanitario que estaba reconociendo a la anciana en una
camilla. — Hora de la muerte: seis y media—.
Miré
hacia atrás una vez más, y tuve la certeza de que los valores en mi vida iban a
cambiar.
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Thursday, 11 September 2014
Relato: Creímos estar Dormidos
Buenas a todos, hoy comienzo una nueva sección en la que iré dejando algunos relatos que he presentado a certámenes literarios, otros que han permanecido mucho tiempo en el cajón y que ahora comparto con todos vosotros, mis lectores, etc. Espero que os interesen y me escribáis un comentario sobre qué os ha parecido.
Título: Creímos estar Dormidos.
Género: Ciencia-Ficción, intriga.
Extensión: 9 páginas.
Título: Creímos estar Dormidos.
Género: Ciencia-Ficción, intriga.
Extensión: 9 páginas.
CREÍMOS ESTAR DORMIDOS
Aquella
noche todos los seres humanos del planeta nos fuimos a dormir como cualquier
otra noche plagada de las innumerables efímeras horas de sueño, como ya
habíamos hecho anteriormente a lo largo de nuestra corta o larga existencia.
Todos dormíamos, excepto unos pocos desafortunados que no durmieron como los
demás y sufrieron las consecuencias.
El
catorce de Junio del año dos mil cuarenta, no fue otro día cualquiera.
Llevábamos unos tres años en los que un
día y una noche del año, todos
dormíamos. Nuestros dirigentes habían sido capaces de taladrar nuestro cerebro
para que ese día, elegido al azar, supuestamente, se declarase el día mundial
del sueño. De esta manera, el planeta se paraba por completo. Era como una
especie de parada de máquinas para poder reiniciar el sistema y que así, al
menos de manera simbólica, nuestro planeta pudiese respirar, al menos, por un
día.
Fueses
como fueses, vivieras donde vivieras, sufrieses insomnio o de narcolepsia, tenías
que prepararte para dormir. Incluso los más raros celebraban fiestas de pijama
multitudinarias en polideportivos o auditorios. Tal era el estado de convencimiento,
o de ignorancia, que ni siquiera nos rebelamos cuando se nos informó de que
seríamos levemente sedados a través de ondas electromagnéticas y fármacos. La
explicación fue que de ese modo se evitaba que algunos desalmados violasen el
buen propósito de la inmensa mayoría de la población del planeta, y robasen
saqueasen, destruyesen aquello que los demás tratábamos de salvar. Yo fui uno
de tantos crédulos que abanderé el movimiento pro-salvación del planeta con una
jornada de sueño anual. Ahora pienso cómo de imbéciles fuimos, al tragarnos
semejante patraña.
Durante
las ocasiones anteriores, nadie recordaba nada, tan sólo que habían dormido
como nunca. Un sueño reparador y placentero, aderezado con el mejor de los
sueños, fue el único recuerdo de nuestro día a favor del sueño del año 2038 y
2039. Hubo incluso personas que incluso teniendo problemas con regularidad para
conciliar el sueño, ese día durmieron como un bebé a pesar de ser las cuatro de
la tarde y estar a pleno sol en el hemisferio donde se encontraban, mientras
que la otra parte del mundo dormía con total normalidad durante la noche. Estas
personas trataron de averiguar cuál era el fármaco, facilitado por las
autoridades estadounidenses, para comprarlo; era la primera vez que dormían
diez horas seguidas, tras décadas de sueño ligero, pero no tuvieron suerte a
pesar de su empeño.
Nunca
se sabía cuándo sería el próximo día mundial del sueño por la salvación medioambiental
del planeta. El primer año había sido en Enero, pero el siguiente en Mayo. Este
año nos habían comunicado con tan sólo dos semanas de antelación que la
celebración mundial sería el día 14 del
mes de Junio. Me había fastidiado enormemente, pues era mi cumpleaños y pensaba
hacer una barbacoa, la carne tuvo que ser congelada, las bebidas almacenadas;
mis invitados ese día tenían algo más importante que hacer: dormir.
Durante
el primer día mundial del sueño global colectivo, no hubo incidencias; pero
durante el segundo sí: desaparecieron algo más de mil personas en todo el
globo. Las autoridades estadounidenses y europeas, principales rectores de la
iniciativa; se apresuraron a decir que no había de qué preocuparse. Finalmente
una densa cortina de humo se posó sobre esas desapariciones, con espectaculares
noticias sobre bajadas empicadas de los tipos de interés o descubrimientos
singulares relacionados con la vida cotidiana.
Poco
a poco los familiares de esas personas fueron apagando sus protestas. Una
amenaza por aquí, un trabajo por allá, incluso algún silencio comprado voló
sobre las humildes economías de estas familias.
Pero
la tercera y última celebración de sueño universal, fue muy diferente. Para
empezar, todo fue mucho más repentino y descontrolado. Cuando las autoridades
anunciaron la celebración de este día, no todos los países estuvieron de
acuerdo con la fecha; pero la condonación de alguna que otra deuda exterior,
logró el absoluto consenso. Por otra parte, hubo alguna que otra voz que alertó
de la existencia de un meteorito que se acercaba a la tierra a gran velocidad y
cuyo impacto con la tierra podría ser probablemente el 14 de Junio. Inmediatamente
los locos de las estrellas, como se les llamó a los aficionados a la astronomía
que habían dado la voz de alarma, se les pagó unas vacaciones al penal más
cercano por enardecimiento del orden público e intentar fomentar la histeria
colectiva. Hubo incluso otros, cercanos a los gobiernos que empezaron a filtrar
información un par de días antes; como que el fármaco que nos repartían era
inocuo e incapaz de dormir a las personas, que tan sólo era una especie de
placebo; y que realmente nos dormían a través de ondas emitidas desde los
satélites situados en nuestra órbita terrestre.
Algo
debió ir mal, porque yo, al igual que otros pobres desgraciados nos despertamos
aquella noche, cuando se suponía que debíamos estar dormidos. Nos despertamos
la noche que todo el mundo debía
permanecer inconsciente mientras dormían.
Me
fui a dormir temprano, aunque ahora creo que ni siquiera eso fue de mi propia
elección. Lo último que recuerdo era estar tumbado sobre la cama, incapaz de
meterme bajo las sábanas de algodón egipcio, debido al sofocante calor de
principios de Junio, Ese verano iba a ser insoportable en Londres. Apenas había
llovido y a causa del cambio climático, la ciudad británica me recordaba más
que nunca a mi ciudad natal del sur de España. Fui cerrando los ojos poco a
poco, lentamente iba perdiendo mi consciencia, cuando observé la pastilla que
el gobierno británico se había molestado en hacernos tomar a primera hora del
día al salir de casa, cogíamos el metro o tratábamos de llegar a tiempo para
fichar en el trabajo. Durante todo el día, sin darme cuenta, había burlado más por casualidad que por intencionalidad todos los controles de
los bobbies. Había decidido tomarme la pastillita beige que había dejado en el
buzón de casa la anterior semana. Pero mi estado de semiinconsciencia estaba ya
muy avanzado, así que alargué el brazo para alcanzar el pequeño fármaco y
cuando lo introduje en mi boca, ya no recuerdo nada más que estar profunda e inevitablemente dormido.
No
sabía cuánto tiempo había dormido, pero tenía la sensación de haber dormido más
de 24 horas. Miré el reloj despertador sobre la mesita de noche, y marcaba las
dos. No podía creer que había dormido más de diecisiete horas. Me recosté en la
cama, todavía aturdido por el sueño, y al rodearme, se me heló la sangre.
A
través del hueco de las cortinas, perniabiertas puesto que no me había dado
siquiera tiempo a cerrarlas, cuando el terrible sopor acabó dominándome; no
entraba luz alguna del exterior. Todo lo rápido que pude, me levanté y me
acerqué a mirar por mi ventana. Perplejo y algo mareado me apoyé en el alfeizar
y comprobé que todavía era de noche. La noche más serena y silenciosa de la que
había sido testigo en toda mi vida. Los coches no circulaban, los jóvenes no
andorreaban tratando de delinquir bajo el cobijo de la nocturnidad, el viento
siquiera removía las copas de los árboles más altos, ni siquiera los sin techo
aparcados en el lateral de la boca del metro, parecían hoy intranquilos bajo
sus montañas de pertenencias desechadas y kilos de indiferencia.
Nada
se movía, nadie hablaba, todo estaba en calma, todos estaban dormidos. No pude
más que preguntarme por qué yo no estaba como todos, dormido. Bastante
asombrado, me dispuse a averiguar si algunos de mis vecinos estarían
despiertos, o alguno de mis compañeros de piso. Fui a sus habitaciones, a
oscuras, y estaban totalmente traspuestos. Me calcé unas zapatillas de deporte,
unos pantalones cortos y la camiseta vieja para estar por casa, y decidí bajar
a disfrutar de la noche más tranquila del año. Caminé por todo Portobello, si
encontrarme a nadie. Todas las luces apagadas en el interior de las casas
reteniendo el silencio de sus moradores. Aquellas viviendas con luz, tampoco
albergaban nada. Normalmente, no se me hubiera ocurrido caminar a esas horas
por el solitario y oscuro Londres, pero la temperatura y la oportunidad
invitaban. Pensaba recordar cada detalle de esa noche para contarlo a la mañana
siguiente. Uno de mis compañeros de piso trabajaba en un tabloide como becario.
Tal vez publicasen una entrevista. Cuando llevaba un buen rato deambulando de
arriba abajo, incluso asomándome por las ventanas bajas de los londinenses para
comprobar que todos efectivamente dormían; me pareció ver algo cuando me
disponía a doblar la esquina de la avenida que conducía hasta mi casa. Instintivamente
me eché para atrás. Me quedé escuchando, y… nada. Me disponía a emprender de nuevo
la marcha, cuando un inquietante ruido me frenó. Tenía que dar la vuelta. Pero
esa era el único acceso de vuelta a casa. Me estaba empezando a arrepentir, por
qué había salido de casa. El ruido volvió a acercarse. Tenía que marcharme de
allí, pero el pánico me impedía moverme. Sigilosamente, casi sin respirar
tampoco, me incliné sobre la pared para ver qué era lo que me estaba
aterrorizando. Cuando mi vista empezó a doblar la esquina, lo vi: había alguien
vestido de negro con ropa militar, que al verme asomar tomó impulso y comenzó a correr hacia mí.
—maldición— pensé.
Pero esta vez mis piernas me respondieron, gracias a la adrenalina segregada
ante la visión del sujeto que inspiraba toda clase de consecuencias terribles
para mi persona. Corrí cuanto pude, más rápido que cualquiera de las veces que
salía a correr a St. James’ Park. Pero al recorrer varias calles, tropecé con
un adoquín y mi perseguidor me alcanzó. En el suelo, escuché su respiración
entrecortada, me dispuse a rodearme para verle la cara, cuando sentí un
penetrante dolor tras la nuca y caí de bruces.
Volví
a recobrar el conocimiento en una especie de vehículo amplio pero sin ventanas.
A mi lado sentí la presencia de otras personas, a las que no pude tocar o
hablar porque mis manos estaban atadas,
y un enorme trozo de cinta americana taponaba mi boca y parte de los orificios
nasales. No sabía ni dónde íbamos, ni
quiénes eran esas personas. Sólo sé que estaba realmente asustado. Nada bueno
podía sucedernos. Al poco, el vehículo se detuvo. Tras un tiempo de traqueteos
por lo que parecía una carretera rural intransitada. Al abrirse las puertas pude ver a militares encapuchados,
apuntándonos con sus linternas y armas. Nos condujeron a una especie de
campamento en mitad de la nada. Fui arrojado al suelo junto con mis compañeros,
dentro de una de las tiendas. Mis compañeros de cautiverio sollozaban y se
retorcían tratando de escapar. Había mujeres, niños e incluso ancianos. Conté
una veintena de personas. Justo al lado se encontraba una de las tiendas de los
militares, estaban hablando bastante alto, para la costumbre local. Cuando me
fijé bien en el acento, y descubrí que el Inglés que hablaban era inglés
americano. Comentaban qué iban a hacer
con nosotros, decían algo sobre la hora fijada, nos llevarían a donde habían
acordado; sólo debían dejarnos sobre la señal, en el lugar exacto de las
coordenadas, y marcharse, si no querían acabar igual que nosotros. Alguno de
los hombres se reveló, acerca de lo que estaban haciendo, no hacía más que
repetir que sólo éramos civiles inocentes. El que parecía ser su jefe, le
aconsejó que se callara, éramos nosotros
o toda la humanidad. Decía que había un equilibrio que respetar, y decía
algo sobre si no estábamos preparados para conocer algo así. Incluso le
aconsejó perderse en el Caribe con el dinero que le iban a proporcionar, y
olvidara todo aquello. No pude oír más por los lamentos de los pequeños y las
mujeres.
Supe
que debía escapar de allí como fuese. Busqué a mí alrededor algo con lo que cortar
las cuerdas que retenían mi libertad. No había nada a la vista, fue entonces
cuando vi a un pequeño secarse las lágrimas con el envés de su manga; le hice
señas y se acercó a mí. Le indiqué que quitara mi mordaza, al principio dudó,
pero luego lo hizo. Le expliqué que debía intentar desatarme, cuando lo estaba
logrando, y la presión sobre mis muñecas disminuía; alguien entró en la tienda.
El chico fue sorprendido de pie a mi lado, yo inmediatamente miré hacia abajo.
El soldado cogió al chiquillo del brazo y entre gritos y empujones lo sacó de
la tienda. Continué frotando mis muñeca hasta que por fin me deshice de las
ataduras, lo siguiente fueron los pies. Mi pulso se iba acelerando poco a poco
conforme veía más cercana mi liberación. Me dirigí a la parte posterior de la
tienda buscando una salida. Aquellas personas al verme empezaron a suplicar que les liberase, sus
caritas imploraban mi ayuda, pero el ajetreo delante de la tienda indicaba que
un momento o en otro vendrían en busca nuestra. Con un trozo de metal que
encontré en el suelo conseguí rasgar la tela de la tienda, la grieta irregular
y estrecho, me permitiría a duras penas salir de aquel lugar. Miré a través de
ésta y comprobé que daba a una arboleda. Introduje mis manos por el agujerito y
con todas mis fuerzas agrandé la rendija inicial hasta que mi cuerpo pudo pasar
con esfuerzo al otro lado. Justo acababa de caer al suelo detrás de la tienda;
cuando los militares entraron a por los prisioneros. Permanecí inmóvil tras un
árbol cercano, esperando ser descubierto. Afortunadamente, tenían prisa y se
gritaban unos a otros para cumplir con la hora fijada. Esperé un par de minutos
pétreo, inerte hasta que los oí marcharse. Me asomé pasados otros minutos, y
comprobé que no había nadie. En la distancia, a unos ochocientos metros, vi que
paraban los vehículos y arrojaban allí a las personas. Inmediatamente después salieron
pitando del lugar. Pensé que los habían matado , pero entonces les vi moverse,
e intentar levantarse del suelo. Sin pensarlo, con los vehículos todavía cerca,
corrí en su ayuda.
De
repente un ruido ensordecedor, el trueno más atroz que jamás había escuchado,
retumbó sobre mi cabeza. Acto seguido un cegador haz de luz salió de lo que
parecía una enorme superficie aérea y los engulló. Boquiabierto, vi como en un
instante la monstruosa mancha había desaparecido y con ella todos los testigos
de tal atrocidad.
Creo
que me mareé un poco, incluso pensé estar soñando. Desolado y en shock empecé a
llorar en el suelo. En pocos minutos, parecía no haber pasado nada. Así estuve,
mirando al cielo durante horas, hasta que el sol empezó a colorear todas las
cosas a mí alrededor. Anduve durante un par de horas atravesando el bosque,
temeroso de encontrarme a alguno de esos hombres, hasta que llegué a una
carretera secundaria. Me preguntaba qué había visto, qué había pasado. Tras
varias horas de caminata, un coche se aproximó en la distancia. Antes de que
pudiera reaccionar, lo tenía encima.
Un buen hombre se ofreció a llevarme hasta
Londres, pretendía ir a la ciudad a ver si sus familiares habían dormido tan
plácidamente como él esa noche. Yo inventé una excusa acerca de haberme quedado
dormido en mitad del campo, porque mi coche se había averiado.
De
vuelta a casa, las noticias de la radio informaban del éxito de la pasada
jornada, y cómo se habían ahorrado millones de euros en electricidad, se había
reducido la contaminación, y de cómo habían dormido todos los entrevistados en
plena calle.
Estaba
hecho polvo, por suerte el hombre se dirigía a dos paradas de metro de casa. Me
dejó un par de libras para comprar un billete sencillo y me bajé en Portobello.
Estaba deseando llegar a casa, y contar a mis compañeros lo que me había
pasado, aunque no sabía si me tomarían por loco. Así que a ducharse, y esperar
a ver si escuchaba algo en las noticias parecía la mejor alternativa. Cuando me disponía a subir las escaleras de
casa, me di cuenta que no tenía llaves. Mi compañero me vio desde arriba y
corrió a buscarlas, para echármelas por la ventana. Intenté atraparlas, pero
fallé y cayeron al suelo. Me volví exhausto para cogerlas; maldiciendo a mi
amigo, que ya no estaba en la ventana, por su mala puntería. Al recogerlas del
asfalto, un taxi pasó por delante de nuestro edificio, en su interior una
figura se sorprendió al verme. Se revolvió en su asiento con las órbitas
desencajadas. El taxi paró unos metros delante del edificio; bajó la ventanilla para buscarme, pero yo ya
me encontraba escondido tras la puerta del portal.
Donde un instante antes había habido una figura recogiendo las
llaves, ya no había nada. Tras unos eternos segundos, el taxi arrancó de nuevo,
y escuché como se alejaba. Volví a respirar cuando a través del cristal
comprobé que el coche giraba justo por
la misma esquina en que la pasada noche había sido apresado. Y más
aliviado comencé a subir las escaleras cuando comprobé que quien iba dentro del taxi era el mismo
hombre de negro que me la anterior noche me había atacado. Giré la llave y entré en casa.
—¿A salvo? —me
pregunté.
Rafael Alcolea Harold
Creimos estar dormidos -
(c) -
RAFAEL ALCOLEA RODRÍGUEZ
Wednesday, 10 September 2014
Preventa de la novela CUANDO YA TE HABÍAS IDO
Haz click en la portada del libro
Buenas a todos,
ya sois muchos los que os habéis animado a comprar mi última novela en PREVENTA, antes de su publicación el día 19 de Septiembre.
Aquellos que queráis ser los primeros en obtenerla, en primicia, este es el enlace de Amazon Preventa:
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