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Thursday, 10 September 2015

FESTUM, Capítulo 1, parte 8







De una manera u otra estaba fuera de su alcance: o moría en la Gran Noche o conseguía la libertad como sus padres y regresaba a Isla Menor. Algunos de los vampiros segadores en el FESTUM deseaban que llegase el momento de tenerla bajo sus brazos, la harían suya en el fango y después destrozarían ese terso cuello mientras le succionaba toda la sangre de su cuerpo hasta que no quedase un ápice de ese aire de superioridad que emanaba cada vez que se cruzaba con sus miradas. Sabían que ahora no podían tocarla o lo pagarían con su vida, el señor de los vampiros, lo había dejado claro: Mara era la primera candidata del FESTUM de este año, el plato fuerte para divertir a las masas. Ya se había anunciado en todos los avances del programa que, año tras año, batía los records de audiencia entre los vampiros. Se había comunicado que ese año había una participante muy especial, incluso se había proyectado su rostro de manera fugaz, alimentando la curiosidad y el deseo hacia su persona.

Para la Noche de la Libertad, los vampiros habían diseñado un enjambre tecnológico de cámaras con sensores nocturnos, unidades móviles y toda la tecnología más avanzada heredada de los humanos para proporcionar la mejor calidad de imagen y sonido del evento; había que lograr que cualquier vampiro en un rincón remoto del mundo sintiese la desesperación y el pánico de los participantes como si estuviesen al alcance de su mano. Los organizadores sabían que nada proporcionaba más morbo a los vampiros que ver a la hija de dos supervivientes destrozada a manos de alguno de los segadores o devorada por una alimaña salvaje, dando una lección a todos aquellos que aún recordaban a los supervivientes como a héroes a los que imitar, si ella caía, destrozarían el símbolo de esperanza en que Mara se había convertido. 


Los humanos eran obligados a presenciar el FESTUM, y aunque la mayoría disfrutaba al verlo, lo contemplaban con contenida emoción por ver si aún había alguna esperanza y los elegidos podían arrojar algún rayo de luz en el rincón más oscuro del planeta.

Se levantó inquieta, sabía que al día siguiente salía la lista de los festantes para participar en aquel macabro pasatiempo, ya sabía que su nominación era clara, pero quería conocer quien lucharía a su lado por la supervivencia. Durante todo el tiempo de reclusión, desde que la habían apartado de sus padres, hacía algo más de dos años, Mara no había hecho amigos, apenas si se había relacionado con alguien aparte de sus carceleros. Realmente solo estaba Melanie, una compañera de la celda de al lado, con la que compartía un par de horas de patio para ejercitarse, pero solo hacía unas semanas que la habían encerrado, a su lado, por alentadora del desorden público. Los vampiros decían que exaltaba a las masas, les hacía pensar y removía sus consciencias durante los escasos momentos de descanso y ocio en las fábricas. Su espíritu revolucionario era admirado por muchos de los humanos, así que no querían desperdiciar la oportunidad de demostrarles que revelarse contra ellos no les iba a servir de nada. Melanie también sabía que era uno de los nombres seguros para el FESTUM. Su historia también era desoladora, Melanie había sido elegida como “ponedora” en año anterior, tan solo le habían robado un hijo, al escucharla la primera vez lloró en silencio al ponerse en el lugar de la joven, “Prefiero morir en las fauces de uno de esos monstruos antes que dejar que me arrebaten otra criatura que haya llevado en mis entrañas”. Sus lágrimas constataban la dureza de lo que había vivido, nunca más la volvió a ver llorar, ni siquiera cuando de enfrentaba a los vampiros y la golpeaban con dureza o trataban de aterrorizarla mostrándole sus colmillos y su rostro desfigurado amenazándola con una muerte lenta y dolorosa, Melanie era una muchacha fuerte y con una gran determinación, tenerla a su lado durante el FESTUM, en cierto modo, le daba cierta tranquilidad, cualquier cosa antes de malvivir en aquel infierno.


Por duro que pareciese, miles de personas tenían la esperanza de resultar elegidos en aquel juego infernal. Cuando todo tu mundo se centra en el sufrimiento y el maltrato, cualquier resquicio de cambio o libertad se agarra como si fuese un hierro ardiendo al que te agarras al borde del abismo. Cada año se repetía la misma historia, los pobres infelices que eran seleccionados saltaban de alegría sin darse cuenta que eran simples ratoncillos de laboratorio recorriendo los estrechos pasillos de un laberinto creado con listones de madera, mientras unas amenazantes víboras se les aproximaban, inexpugnables, a darles caza, ¿qué posibilidad tenían? Mara no podía evitar sentirse nerviosa y en parte aterrada, no porque temiese a la muerte, si no porque no quería imaginar qué sería de sus padres si veían en directo a través de la televisión cómo la mataban… Solo esperaba poder regresar junto a ellos, aunque ya no sería lo mismo, no regresaría siendo la misma niña inocente y confiada, había contemplado el sufrimiento y el dolor extremo delante de sus narices, en ocasiones lo había sufrido ella misma demasiado cerca, había visto demasiadas cosas para que la despreocupada chiquilla que abandonó Isla Menor regresase simplemente a casa con los brazos abiertos y preguntase qué había de cenar sin cuestionar demasiadas cosas o preguntarle a sus padres por qué no hacían nada para cambiar la situación de miles de personas que sufrían a diario en ese lugar, no entendía cómo podía seguir sufriendo inmóviles e impertérritos ante el dolor de sus iguales y el propio sufrimiento.


De repente, Mara recordó que había algo más que la hacía “especial”, por así decirlo… sonrió levemente, satisfecha.

Fin del capítulo 1

Monday, 13 July 2015

FESTUM, Capítulo 1 (Parte 3)






La fuerte lluvia azotaba sobre su cabeza, no podía pensar, dormir, siquiera respirar. Ya casi no recordaba lo que era ser una persona, o aquellos años felices junto a sus padres en aquella isla, aquello se había esfumado; qué feliz e ingenua había sido, aislada de todo, incluso de la cruda realidad que día a día debía soportar el resto de la gente… Su isla, el último reducto de humanidad libre, era una pequeña sociedad formada por menos de cien personas que vivían como lo hicieron los primeros seres humanos, felices en su cotidianeidad a pesar de saberse observados, apartados en una tierra infestada de vampiros sanguinarios que habían dominado y controlado la tierra desde la última gran guerra en 2030. 


Las siniestras criaturas, cansadas de aguardar en las tinieblas, de ver cómo otros seres más irresponsables y efímeros controlaban el planeta, desplegaron sus fuerzas y todo su poder en forma de un poderoso y despiadado ejército de vampiros sanguinarios que fue destruyendo al ser humano, poco a poco, como un malévolo cáncer que iba alimentándose de los cuerpos caídos de las gentes de ciudades enteras y, más tarde, fueron los países los que acabaron desapareciendo. 


Ni siquiera las armas nucleares pudieron frenar esa plaga apocalíptica… Nada los detuvo. La luz del sol les hizo daño al principio, el día se convirtió en el único respiro que daban a los humanos. Esto fue hasta que también aprendieron a usar carros de combate y vehículos con protección en sus ventanas para poder atacar incluso de día, a la luz del sol. Ahora se habían convertido en la nueva especie dominante del planeta, la evolución continuaba con ellos, pero un nuevo reto se presentaba ante los vampiros: demostrar si eran dignos de dominar la tierra como había hecho el ser humano durante miles de años, o quedar ante todos como una simple malformación genética condenada a la extinción. Una duda se planteaba ahora, si los vampiros desaparecían, tal vez desaparecerían todos, incluso el ser humano. Por primera vez, una especie les había plantado cara, e incluso había vencido a los humanos, aunque estaba claro que les necesitaban, los hombres eran un mal necesario: necesitaban alimentarse de ellos. 


Actualmente, el ser humano casi se había extinguido. Casi se dieron cuenta tarde, pero supieron perdonar la vida a unos miles de ejemplares humanos, con el único propósito de seguir alimentándose de ellos. Muchos de los pobres infelices, nacidos en las nuevas generaciones de humanos, habían crecido con la carencia de sentirse libres, y asumían que la libertad era una recompensa solo al alcance de aquellos que participaba en el FESTUM. Los humanos eran controlados hasta la saciedad, maltratados, torturados y asesinados sin motivo alguno, por esto, algunos de los más antiguos pedían clemencia a sus dioses suplicándoles que en algún escondite, en algún lugar recóndito del mundo, un grupo de humanos pudiese hacerse fuerte y llegase a plantarles cara, una especie de rebelión de los humanos que los liberase de su agónica existencia…

Thursday, 11 September 2014

Relato: Creímos estar Dormidos

Buenas a todos, hoy comienzo una nueva sección en la que iré dejando algunos relatos que he presentado a certámenes literarios, otros que han permanecido mucho tiempo en el cajón y que ahora comparto con todos vosotros, mis lectores, etc. Espero que os interesen y me escribáis un comentario sobre qué os ha parecido.

Título: Creímos estar Dormidos.
Género: Ciencia-Ficción, intriga.
Extensión: 9 páginas. 

CREÍMOS ESTAR DORMIDOS





Aquella noche todos los seres humanos del planeta nos fuimos a dormir como cualquier otra noche plagada de las innumerables efímeras horas de sueño, como ya habíamos hecho anteriormente a lo largo de nuestra corta o larga existencia. Todos dormíamos, excepto unos pocos desafortunados que no durmieron como los demás y sufrieron las consecuencias.

El catorce de Junio del año dos mil cuarenta, no fue otro día cualquiera. Llevábamos unos tres años  en los que un día y una noche del año,  todos dormíamos. Nuestros dirigentes habían sido capaces de taladrar nuestro cerebro para que ese día, elegido al azar, supuestamente, se declarase el día mundial del sueño. De esta manera, el planeta se paraba por completo. Era como una especie de parada de máquinas para poder reiniciar el sistema y que así, al menos de manera simbólica, nuestro planeta pudiese respirar, al menos, por un día.

Fueses como fueses, vivieras donde vivieras,  sufrieses insomnio o de narcolepsia, tenías que prepararte para dormir. Incluso los más raros celebraban fiestas de pijama multitudinarias en polideportivos o auditorios. Tal era el estado de convencimiento, o de ignorancia, que ni siquiera nos rebelamos cuando se nos informó de que seríamos levemente sedados a través de ondas electromagnéticas y fármacos. La explicación fue que de ese modo se evitaba que algunos desalmados violasen el buen propósito de la inmensa mayoría de la población del planeta, y robasen saqueasen, destruyesen aquello que los demás tratábamos de salvar. Yo fui uno de tantos crédulos que abanderé el movimiento pro-salvación del planeta con una jornada de sueño anual. Ahora pienso cómo de imbéciles fuimos, al tragarnos semejante patraña.

Durante las ocasiones anteriores, nadie recordaba nada, tan sólo que habían dormido como nunca. Un sueño reparador y placentero, aderezado con el mejor de los sueños, fue el único recuerdo de nuestro día a favor del sueño del año 2038 y 2039. Hubo incluso personas que incluso teniendo problemas con regularidad para conciliar el sueño, ese día durmieron como un bebé a pesar de ser las cuatro de la tarde y estar a pleno sol en el hemisferio donde se encontraban, mientras que la otra parte del mundo dormía con total normalidad durante la noche. Estas personas trataron de averiguar cuál era el fármaco, facilitado por las autoridades estadounidenses, para comprarlo; era la primera vez que dormían diez horas seguidas, tras décadas de sueño ligero, pero no tuvieron suerte a pesar de su empeño.

Nunca se sabía cuándo sería el próximo día mundial del sueño por la salvación medioambiental del planeta. El primer año había sido en Enero, pero el siguiente en Mayo. Este año nos habían comunicado con tan sólo dos semanas de antelación que la celebración  mundial sería el día 14 del mes de Junio. Me había fastidiado enormemente, pues era mi cumpleaños y pensaba hacer una barbacoa, la carne tuvo que ser congelada, las bebidas almacenadas; mis invitados ese día tenían algo más importante que hacer: dormir.

Durante el primer día mundial del sueño global colectivo, no hubo incidencias; pero durante el segundo sí: desaparecieron algo más de mil personas en todo el globo. Las autoridades estadounidenses y europeas, principales rectores de la iniciativa; se apresuraron a decir que no había de qué preocuparse. Finalmente una densa cortina de humo se posó sobre esas desapariciones, con espectaculares noticias sobre bajadas empicadas de los tipos de interés o descubrimientos singulares relacionados con la vida cotidiana.

Poco a poco los familiares de esas personas fueron apagando sus protestas. Una amenaza por aquí, un trabajo por allá, incluso algún silencio comprado voló sobre las humildes economías de estas familias.

Pero la tercera y última celebración de sueño universal, fue muy diferente. Para empezar, todo fue mucho más repentino y descontrolado. Cuando las autoridades anunciaron la celebración de este día, no todos los países estuvieron de acuerdo con la fecha; pero la condonación de alguna que otra deuda exterior, logró el absoluto consenso. Por otra parte, hubo alguna que otra voz que alertó de la existencia de un meteorito que se acercaba a la tierra a gran velocidad y cuyo impacto con la tierra podría ser probablemente el 14 de Junio. Inmediatamente los locos de las estrellas, como se les llamó a los aficionados a la astronomía que habían dado la voz de alarma, se les pagó unas vacaciones al penal más cercano por enardecimiento del orden público e intentar fomentar la histeria colectiva. Hubo incluso otros, cercanos a los gobiernos que empezaron a filtrar información un par de días antes; como que el fármaco que nos repartían era inocuo e incapaz de dormir a las personas, que tan sólo era una especie de placebo; y que realmente nos dormían a través de ondas emitidas desde los satélites situados en nuestra órbita terrestre.

Algo debió ir mal, porque yo, al igual que otros pobres desgraciados nos despertamos aquella noche, cuando se suponía que debíamos estar dormidos. Nos despertamos la noche que  todo el mundo debía permanecer inconsciente  mientras dormían.


Me fui a dormir temprano, aunque ahora creo que ni siquiera eso fue de mi propia elección. Lo último que recuerdo era estar tumbado sobre la cama, incapaz de meterme bajo las sábanas de algodón egipcio, debido al sofocante calor de principios de Junio, Ese verano iba a ser insoportable en Londres. Apenas había llovido y a causa del cambio climático, la ciudad británica me recordaba más que nunca a mi ciudad natal del sur de España. Fui cerrando los ojos poco a poco, lentamente iba perdiendo mi consciencia, cuando observé la pastilla que el gobierno británico se había molestado en hacernos tomar a primera hora del día al salir de casa, cogíamos el metro o tratábamos de llegar a tiempo para fichar en el trabajo. Durante todo el día, sin darme cuenta, había burlado  más por casualidad  que por intencionalidad todos los controles de los bobbies. Había decidido tomarme la pastillita beige que había dejado en el buzón de casa la anterior semana. Pero mi estado de semiinconsciencia estaba ya muy avanzado, así que alargué el brazo para alcanzar el pequeño fármaco y cuando lo introduje en mi boca, ya no recuerdo nada más que estar profunda  e inevitablemente dormido.

No sabía cuánto tiempo había dormido, pero tenía la sensación de haber dormido más de 24 horas. Miré el reloj despertador sobre la mesita de noche, y marcaba las dos. No podía creer que había dormido más de diecisiete horas. Me recosté en la cama, todavía aturdido por el sueño, y al rodearme, se me heló la sangre.

A través del hueco de las cortinas, perniabiertas puesto que no me había dado siquiera tiempo a cerrarlas, cuando el terrible sopor acabó dominándome; no entraba luz alguna del exterior. Todo lo rápido que pude, me levanté y me acerqué a mirar por mi ventana. Perplejo y algo mareado me apoyé en el alfeizar y comprobé que todavía era de noche. La noche más serena y silenciosa de la que había sido testigo en toda mi vida. Los coches no circulaban, los jóvenes no andorreaban tratando de delinquir bajo el cobijo de la nocturnidad, el viento siquiera removía las copas de los árboles más altos, ni siquiera los sin techo aparcados en el lateral de la boca del metro, parecían hoy intranquilos bajo sus montañas de pertenencias desechadas y kilos de indiferencia.


Nada se movía, nadie hablaba, todo estaba en calma, todos estaban dormidos. No pude más que preguntarme por qué yo no estaba como todos, dormido. Bastante asombrado, me dispuse a averiguar si algunos de mis vecinos estarían despiertos, o alguno de mis compañeros de piso. Fui a sus habitaciones, a oscuras, y estaban totalmente traspuestos. Me calcé unas zapatillas de deporte, unos pantalones cortos y la camiseta vieja para estar por casa, y decidí bajar a disfrutar de la noche más tranquila del año. Caminé por todo Portobello, si encontrarme a nadie. Todas las luces apagadas en el interior de las casas reteniendo el silencio de sus moradores. Aquellas viviendas con luz, tampoco albergaban nada. Normalmente, no se me hubiera ocurrido caminar a esas horas por el solitario y oscuro Londres, pero la temperatura y la oportunidad invitaban. Pensaba recordar cada detalle de esa noche para contarlo a la mañana siguiente. Uno de mis compañeros de piso trabajaba en un tabloide como becario. Tal vez publicasen una entrevista. Cuando llevaba un buen rato deambulando de arriba abajo, incluso asomándome por las ventanas bajas de los londinenses para comprobar que todos efectivamente dormían; me pareció ver algo cuando me disponía a doblar la esquina de la avenida que conducía hasta mi casa. Instintivamente me eché para atrás. Me quedé escuchando, y… nada. Me disponía a emprender de nuevo la marcha, cuando un inquietante ruido me frenó. Tenía que dar la vuelta. Pero esa era el único acceso de vuelta a casa. Me estaba empezando a arrepentir, por qué había salido de casa. El ruido volvió a acercarse. Tenía que marcharme de allí, pero el pánico me impedía moverme. Sigilosamente, casi sin respirar tampoco, me incliné sobre la pared para ver qué era lo que me estaba aterrorizando. Cuando mi vista empezó a doblar la esquina, lo vi: había alguien vestido de negro con ropa militar, que al verme asomar tomó impulso y  comenzó a correr hacia mí. 
—maldición— pensé. Pero esta vez mis piernas me respondieron, gracias a la adrenalina segregada ante la visión del sujeto que inspiraba toda clase de consecuencias terribles para mi persona. Corrí cuanto pude, más rápido que cualquiera de las veces que salía a correr a St. James’ Park. Pero al recorrer varias calles, tropecé con un adoquín y mi perseguidor me alcanzó. En el suelo, escuché su respiración entrecortada, me dispuse a rodearme para verle la cara, cuando sentí un penetrante dolor tras la nuca y caí de bruces.

Volví a recobrar el conocimiento en una especie de vehículo amplio pero sin ventanas. A mi lado sentí la presencia de otras personas, a las que no pude tocar o hablar  porque mis manos estaban atadas, y un enorme trozo de cinta americana taponaba mi boca y parte de los orificios nasales.  No sabía ni dónde íbamos, ni quiénes eran esas personas. Sólo sé que estaba realmente asustado. Nada bueno podía sucedernos. Al poco, el vehículo se detuvo. Tras un tiempo de traqueteos por lo que parecía una carretera rural intransitada.  Al abrirse las puertas pude ver a militares encapuchados, apuntándonos con sus linternas y armas. Nos condujeron a una especie de campamento en mitad de la nada. Fui arrojado al suelo junto con mis compañeros, dentro de una de las tiendas. Mis compañeros de cautiverio sollozaban y se retorcían tratando de escapar. Había mujeres, niños e incluso ancianos. Conté una veintena de personas. Justo al lado se encontraba una de las tiendas de los militares, estaban hablando bastante alto, para la costumbre local. Cuando me fijé bien en el acento, y descubrí que el Inglés que hablaban era inglés americano. Comentaban qué iban a  hacer con nosotros, decían algo sobre la hora fijada, nos llevarían a donde habían acordado; sólo debían dejarnos sobre la señal, en el lugar exacto de las coordenadas, y marcharse, si no querían acabar igual que nosotros. Alguno de los hombres se reveló, acerca de lo que estaban haciendo, no hacía más que repetir que sólo éramos civiles inocentes. El que parecía ser su jefe, le aconsejó que se callara, éramos nosotros  o toda la humanidad. Decía que había un equilibrio que respetar, y decía algo sobre si no estábamos preparados para conocer algo así. Incluso le aconsejó perderse en el Caribe con el dinero que le iban a proporcionar, y olvidara todo aquello. No pude oír más por los lamentos de los pequeños y las mujeres. 


Supe que debía escapar de allí como fuese. Busqué a mí alrededor algo con lo que cortar las cuerdas que retenían mi libertad. No había nada a la vista, fue entonces cuando vi a un pequeño secarse las lágrimas con el envés de su manga; le hice señas y se acercó a mí. Le indiqué que quitara mi mordaza, al principio dudó, pero luego lo hizo. Le expliqué que debía intentar desatarme, cuando lo estaba logrando, y la presión sobre mis muñecas disminuía; alguien entró en la tienda. El chico fue sorprendido de pie a mi lado, yo inmediatamente miré hacia abajo. El soldado cogió al chiquillo del brazo y entre gritos y empujones lo sacó de la tienda. Continué frotando mis muñeca hasta que por fin me deshice de las ataduras, lo siguiente fueron los pies. Mi pulso se iba acelerando poco a poco conforme veía más cercana mi liberación. Me dirigí a la parte posterior de la tienda buscando una salida. Aquellas personas al verme  empezaron a suplicar que les liberase, sus caritas imploraban mi ayuda, pero el ajetreo delante de la tienda indicaba que un momento o en otro vendrían en busca nuestra. Con un trozo de metal que encontré en el suelo conseguí rasgar la tela de la tienda, la grieta irregular y estrecho, me permitiría a duras penas salir de aquel lugar. Miré a través de ésta y comprobé que daba a una arboleda. Introduje mis manos por el agujerito y con todas mis fuerzas agrandé la rendija inicial hasta que mi cuerpo pudo pasar con esfuerzo al otro lado. Justo acababa de caer al suelo detrás de la tienda; cuando los militares entraron a por los prisioneros. Permanecí inmóvil tras un árbol cercano, esperando ser descubierto. Afortunadamente, tenían prisa y se gritaban unos a otros para cumplir con la hora fijada. Esperé un par de minutos pétreo, inerte hasta que los oí marcharse. Me asomé pasados otros minutos, y comprobé que no había nadie. En la distancia, a unos ochocientos metros, vi que paraban los vehículos y arrojaban allí a las personas. Inmediatamente después salieron pitando del lugar. Pensé que los habían matado , pero entonces les vi moverse, e intentar levantarse del suelo. Sin pensarlo, con los vehículos todavía cerca, corrí en su ayuda. 


De repente un ruido ensordecedor, el trueno más atroz que jamás había escuchado, retumbó sobre mi cabeza. Acto seguido un cegador haz de luz salió de lo que parecía una enorme superficie aérea y los engulló. Boquiabierto, vi como en un instante la monstruosa mancha había desaparecido y con ella todos los testigos de tal atrocidad.

Creo que me mareé un poco, incluso pensé estar soñando. Desolado y en shock empecé a llorar en el suelo. En pocos minutos, parecía no haber pasado nada. Así estuve, mirando al cielo durante horas, hasta que el sol empezó a colorear todas las cosas a mí alrededor. Anduve durante un par de horas atravesando el bosque, temeroso de encontrarme a alguno de esos hombres, hasta que llegué a una carretera secundaria. Me preguntaba qué había visto, qué había pasado. Tras varias horas de caminata, un coche se aproximó en la distancia. Antes de que pudiera reaccionar, lo tenía encima.

 Un buen hombre se ofreció a llevarme hasta Londres, pretendía ir a la ciudad a ver si sus familiares habían dormido tan plácidamente como él esa noche. Yo inventé una excusa acerca de haberme quedado dormido en mitad del campo, porque mi coche se había averiado.

De vuelta a casa, las noticias de la radio informaban del éxito de la pasada jornada, y cómo se habían ahorrado millones de euros en electricidad, se había reducido la contaminación, y de cómo habían dormido todos los entrevistados en plena calle.

Estaba hecho polvo, por suerte el hombre se dirigía a dos paradas de metro de casa. Me dejó un par de libras para comprar un billete sencillo y me bajé en Portobello. Estaba deseando llegar a casa, y contar a mis compañeros lo que me había pasado, aunque no sabía si me tomarían por loco. Así que a ducharse, y esperar a ver si escuchaba algo en las noticias parecía la mejor alternativa.  Cuando me disponía a subir las escaleras de casa, me di cuenta que no tenía llaves. Mi compañero me vio desde arriba y corrió a buscarlas, para echármelas por la ventana. Intenté atraparlas, pero fallé y cayeron al suelo. Me volví exhausto para cogerlas; maldiciendo a mi amigo, que ya no estaba en la ventana,  por su mala puntería. Al recogerlas del asfalto, un taxi pasó por delante de nuestro edificio, en su interior una figura se sorprendió al verme. Se revolvió en su asiento con las órbitas desencajadas. El taxi paró unos metros delante del edificio;  bajó la ventanilla para buscarme, pero yo ya me encontraba escondido tras la puerta del portal. 

Donde un instante antes había habido una figura recogiendo las llaves, ya no había nada. Tras unos eternos segundos, el taxi arrancó de nuevo, y escuché como se alejaba. Volví a respirar cuando a través del cristal comprobé que el coche giraba justo por  la misma esquina en que la pasada noche había sido apresado. Y más aliviado comencé a subir las escaleras cuando comprobé  que quien iba dentro del taxi era el mismo hombre de negro que me la anterior noche me había atacado.  Giré la llave y entré en casa.
 —¿A salvo? —me pregunté.

Rafael Alcolea Harold

Creimos estar dormidos - (c) - RAFAEL ALCOLEA RODRÍGUEZ Safe Creative #1102110334934

Wednesday, 18 June 2014

Hechizo de Sangre: Capítulo 3, 2ª Parte


Os dejo la segunda parte del tercer capítulo de Hechizo de sangre!!





Me cambié de ropa en un periquete. Al cabo de unos minutos estaba saltando de tejado en tejado hasta llegar al suelo donde ella me esperaba medio camuflada tras la ranchera burdeos de algún vecino.

—Supongo que te estarás haciendo mil preguntas…

Asentí con la cabeza como si fuese un autómata.

—Por eso estoy hoy aquí. Quiero explicarte todo lo que necesites saber. Así que no malgastes más neuronas buscando alguna explicación lógica a cómo te curaste tan rápido, cómo volviste a tu habitación, y qué es lo que te ocurrió anoche… Déjate llevar…

Me pidió que la siguiese. Yo como una aciaga cobaya de laboratorio, drogada por cualquier medicamento experimental, hice lo que ella me pidió sin rechistar. Tal vez fuese por culpa de todo el tiempo que había invertido espiándola desde mi habitación que ahora que la tenía tan cerca, no quería dejarla escapar.

Comenzó a caminar cada vez más deprisa, pero casi sin aparente esfuerzo. Andaba tan rápido que a veces sólo podía ver el reflejo de sus mechones dorados al doblar cada calle. De nuevo parecía que no lograba alcanzar su resuelto paso por las calles de Sayville.

En mi interior algo me decía que huyese, que me marchase de allí. Pero otra parte me decía que me quedase y luchase por algo que había deseado durante tanto tiempo. Sabía que la vida habría merecido la pena si la tuviese entre mis brazos aunque fuesen unos segundos.

 Tardamos diez minutos en llegar a nuestro destino, un colosal sauce llorón al comienzo del bosque. El inhóspito lugar era un revoloteo constante de polillas gigantes y el ulular cercano de alguna plomiza lechuza que habitaba cerca del imponente árbol, invitándonos a marcharnos. Nos sentamos sobre una enorme roca gris cubierta de un musgo verde eléctrico por la parte inferior y que estaba algo húmeda. Entonces comenzó a narrar su historia.

—Ya sabes que me llamo Sasha. También sabes que soy tu vecina, aunque eso no sea ya por mucho tiempo —aclaró.

Sentí que se me paraba el pulso. ¿Me estaba diciendo que se marchaba?

—Sabes que después del incidente de anoche, mis compañeros y yo corremos peligro y tenemos que huir a otro lugar más seguro.

— ¿Por qué corréis peligro? ¿Es que pertenecéis a una banda terrorista o  algo parecido?

—De ninguna manera —dijo echándose a reír— veo que no sospechas absolutamente nada sobre quienes somos o qué hacemos.

Durante unos segundos, el silencio se apoderó del cargado aire que nos rodeaba. Parecía como si ella quisiera contármelo y yo no quisiera saber demasiado por miedo a poner mi vida en peligro.

 —Nunca te has parado a pensar, ¿por qué mi piel es tan nívea, o por qué sólo salgo durante la noche?  Antes de que me interrumpas, permíteme que te cuente todo. Cuando termine, puedes preguntarme lo que quieras. —Ordenó a la vez que me cogía de la mano—. Como eres un chico racional y de ciencias no creerás en nada más que el mundo físico, lo real, lo tangible, aquello que puedas ver con tus propios ojos. Pero debes empezar a pensar que también existe lo que llaman el más allá, una realidad paralela, el inframundo, o como quieras llamarlo. Para que algo exista,  debe existir su opuesto, es la ley del equilibrio en el universo. Si aceptamos el bien y el mal, lo joven y lo viejo, entonces también deberá existir lo realidad y la fantasía. No me vale que solo creas en lo real, debes creer en que algo más nos toca con sus sutiles dedos sin que lleguemos a darnos cuenta. Cuando vemos por primera vez el mundo en su conjunto, ya no podemos verlo como antes. Pero a partir de esta noche, tu visión sobre la vida va a cambiar por completo, te lo aseguro. Tanto si aceptas unirte a nosotros, como si no.                                                                       

—Aunque mi mente trabajaba a destajo, no conseguía, o intuitivamente no quería averiguar de qué se trataba.

—Antes de confesártelo todo, debes darme tu palabra de que jamás le contarás a nadie que has hablado conmigo, ni sobre qué hemos hablado. Ya que todos nosotros, tú incluido, correríamos un grave peligro. —advirtió en tono severo, mirándome directamente a los ojos como nunca antes lo había hecho. Su mirada me paralizó, me caló hasta los huesos—. Está bien lo soltaré sin más rodeos: ¡soy una vampira! Y lo más importante para ti, es que te he elegido para que seas mi compañero. Antes de que acabe la noche, tú también lo serás.

En otras circunstancias y ante otra persona me hubiera desternillado de risa en su propia cara. Hubiese pensado que estaba loca de remate, y me hubiese marchado dejándola con un palmo de narices. Pero la extraña transformación, casi imperceptible pero presente, que sufrió su rostro cuando me lo dijo, me heló la sangre. Su cara no empezó a arrugarse ni le crecieron colmillos como sucede en las películas. Pero esa sonrisa maliciosamente diabólica del depredador ante su presa y la dilatación de sus pupilas hasta casi hacer desaparecer el iris que ahora era de color turquesa intenso, hizo que su cara se transformase lo suficiente para saber que no estaba mintiendo, esa mirada no era humana. Su nueva e inquietante mirada se clavaba en mi cuello, controlaba con su mente todos mis movimientos hasta que impulsivamente comencé a temblar.

No pude mediar palabra. No era capaz de moverme o producir sonido alguno. Sentía un pánico atroz y una irresistible atracción por ella. Estaba a su merced. Por la manera hierática en que lo había dicho, y por el aspecto enjuto de su rostro, sabía que su confesión era cierta.

<Ahora, ¿qué?> —pensé.

—Aun sigues sin creerme, ¿verdad? —preguntó fulminándome con la mirada. Apenas me dio tiempo a reaccionar porque ya estaba encima de mí, el pánico recorría todas mis venas y mis nervios estaban paralizados ante esa situación. De repente, sentí una ligera punzada en el cuello. Mis ojos se abrieron de par en par intentando ver qué me pasaba. Alrededor sólo veía oscuridad y la penumbra de las luces eléctricas de la calle. El tiempo se detuvo. Ningún sonido llegó a mis oídos. Sólo escuchaba un sonido que provenía de Sasha al saborear mi  sangre. Noté que toda la vida en mí se detenía. Ya no tenía miedo, frío, hambre o cualquier otra sensación. Sólo quería dormirme.

< ¿Estaría ya muerto?, ¿Sería la muerte ese estado en el que lo perdemos todo, menos nuestra mente y sin embargo nos da todo igual?>

Pero mis pensamientos acerca de la muerte duraron escasos segundos. Volví en mí al escuchar el sonido de la sangre pasar por su garganta a una velocidad feroz, debía hacer algo o me mataría. De repente la succión se detuvo, algo le hizo cambiar de opinión.

— ¿Me crees ahora? Podría haber acabado contigo si hubiese querido, pero te respeto demasiado… quiero que permanezcas a mi lado cuando estés preparado… no voy a arrebatarte la vida como hicieron conmigo. El camino hacia tu destino lo construyes solo tú.

Traté de escuchar sus palabras, pero yo ya había perdido suficiente sangre como para que mi mente se nublase. Finalmente mi consciencia se apagó.
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