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Friday, 9 May 2014

Primer Capítulo (parte 1) de Hechizo de Sangre (Enemigos Oscuros 1)





Hechizo de Sangre
 Capítulo  1 
(parte 1)

Todos los acontecimientos en los que se vio envuelta mi vida tras conocerla, pusieron bocabajo los cimientos del mundo tal como lo conocía. Descubrí que nada era como hasta entonces yo creía.
 Mi familia a la que creí conocer, me ocultaba un peligroso secreto que había guardado desde mi nacimiento. Algo tan poderoso y peligroso que se resistían a confesarme. Tuve que conocerla para que toda la verdad saliese a la luz y pudiese comprobar por mí mismo que en el apacible pueblo de Sayville donde vivía, nada ni nadie eran lo que aparentaban ser. El mundo real dejó de existir para convertirse en un espejismo de lo que en realidad aguardaba en la sombra.

Pero empecemos por el principio…

Ella era especial, de eso no había duda. Incomparable a las demás. Nunca había contemplado a una mujer tan enigmática y exquisita. Sabía que estaba fuera de mi alcance, pero eso tenía el amor; nunca te puedes enamorar de quien más te conviene o de la persona más accesible.
Mis sentimientos eran algo irracionales para un joven cuyos estudios se basaban en la ciencia y en la razón. Pero el amor era sin duda la ciencia más inexacta del planeta, y eso ya lo sospechaba.
Yo vivía en un barrio de clase media a las afueras de la ciudad en una acogedora casa unifamiliar. Una de los cientos que salpicaban Sayville. Nuestro vecindario era uno de esos barrios dormitorio de la clase trabajadora que aspiraba eternamente a mudarse a una zona costera más exclusiva, esa en la que viven los multimillonarios de Nueva York. En Sayville nunca había sucedido nada extraño o al menos, interesante. No había atracos, no robaban casas, no había pandilleros pegando tiros por las esquinas… Nada, todo hasta entonces había sido significativamente normal. Como si el mal decidiera evitar nuestra pequeña ciudad.
 No podía quejarme. A mis padres les iban las cosas bien, pero tampoco nadábamos en la abundancia. Todo dependía de las ventas del trimestre en nuestra humilde inmobiliaria familiar.
Ella vivía en la casa de enfrente desde hacía poco tiempo. El primer día que la vi a través de los cristales desgastados de su ventana, no lo podía creer. Alguien se había mudado a la casa de enfrente, la vieja casa del señor Moore. El hombre se había jubilado y había decidido dejar la pequeña ciudad e ir a recorrer mundo. La joven no fue una vecina que se prodigara mucho por el vecindario. Al contrario, rara vez se la veía durante el día y de forma esquiva por noche, normalmente cuando se la veía salir. Con todo, a mi atraía de manera desquiciante. Esperaba el ocaso para correr detrás de las cortinas a contemplar cómo se movía por la casa.
Su rostro era una bendición para los sentidos. Una boca carnosa, pómulos prominentes, dientes blanquísimos y perfectos… Un rostro que atraería a cualquiera y que estaba enmarcado por unos ojos azules que irradiaban un magnetismo capaz de cortar la respiración con solo mirarlos. Esta tez angelical estaba bendecida por una larga melena de mechones rubios, salpicados de bucles festoneados en color fuego. Su cuerpo era demasiado perfecto y proporcionado para ser terrenal. Pero misteriosamente lo que más me atraía de ella no era su físico, sino era ella en sí: el aura que envolvía todo su ser al moverse.
Yo podía pasar horas agazapado tras las cortinas tratando de atisbar algún movimiento en la casa de enfrente. Me comportaba como un quinceañero enamorado más, pero a mis veintiún años jamás había sentido nada parecido con ninguna otra persona, ni siquiera con las chicas de la facultad de medicina. Mi mejor amigo, Tim, decía que pillarme de esa manera por una chica algo mayor que yo, tendría unos veinticuatro, que no conocía de nada, era de niñatos. Sobre todo teniendo al pibón de Anne detrás de mí en la facultad.
A pesar de todo lo que debía estudiar, noche tras noche, siempre empleaba algunos minutos para comprobar si mi vecina entraba o salía de casa.
Tenía algo que me hipnotizaba. Algo fuera de lo normal, podría decirse que sobrenatural. Era una atracción primigenia que me envolvía hacia ella fuertemente y me impedía quitármela de la cabeza, o concentrarme. Nunca en mi vida había sentido esa irracional atracción por nada ni por nadie. Mi madre me reñía constantemente por no salir de mi cuarto. Decía que debía distraerme con mis amigos por ahí. A decir verdad, yo tenía otra ocupación más a parte de los libros de medicina, tenía que averiguar más cosas sobre la vecina de enfrente. Estaba seguro que aquella joven era algo más que un rostro precioso y un cuerpo de infarto, debía saber más de su enigmática vida, quería conocer a la que sería la mujer de mi vida.
Cada noche mientras estudiaba, albergaba la esperanza de poder atisbar aunque tan solo fuese un segundo, su silueta. Solo me conformaba con el destello dorado de su melena cruzando de una habitación a la otra, o contemplarla mientras atravesaba la acera de enfrente hasta que la perdía de vista al doblar la esquina. La mayor parte de las noches no lo conseguía. Esa noche no tenía muchas más esperanzas que otra noche cualquiera. La climatología no acompañaba. Fuera, en la calle, hacía un tiempo infernal. Aunque no llovía mucho, el viento era espantoso y los rayos, los truenos sacudían el firmamento. Nadie en su sano juicio saldría a dar una vuelta con ese infierno sobre su cabeza. Llevaba todo el día diluviando. Con el reciente vendaval solo un loco o alguien desesperado se aventuraría a salir en una noche como esa.
Era una verdadera lástima, mis padres habían salido. Habían ido al entierro del progenitor de un conocido de mi padre y no volverían hasta bastante tarde. Disponía de la casa para mí solo. Había fantaseado con la idea de que esa mujer llamase a mi puerta simulando cualquier excusa, y así podría haberla conocido definitivamente. Podría haberla invitado a tomar algo, y así por fin, conocerla mejor de una vez por todas y acabar con mi sufrimiento.
Vivía sola. Nunca la había visto en compañía de un hombre. Nadie la visitaba, de eso estaba seguro. Así que pensé que estaría disponible. Pero al instante me martirizaba pensando que seguramente no se fijaría en un niñato de tercer curso de la carrera de medicina como yo. A esa diosa le pegaba un hombre de unos treinta y pocos, con un buen trabajo estable, y un cochazo en la puerta. Aunque tras haber tenido que presenciar las series favoritas de mi madre: Sexo en Nueva York o Mujeres Desesperadas, la tendencia de las mujeres de hoy en día era enrollarse con  los más jovencitos, aunque al final acabasen casadas con los de treinta y tantos.
Empecé a imaginar cómo sería invitarla esa noche a tomar un té, un café o algo caliente. Después de todo la idea no era tan descabellada. Puesto que si salía de casa a comprar algo con ese tiempo, volvería chorreando debido a la  terrible noche que hacía fuera. Mi prolífica imaginación seguía volando, pensando que tal vez necesitara algo de ropa seca, y… que una cosa llevaría a la otra… Pero finalmente, después de pasar un rato divagando, lo pensé mejor. Llegué a la conclusión de que mis fantasías eran solo eso: ensoñaciones delirantes de un joven enamoradamente desesperado por quedar con ella. Olvidaba un dato importante, la casa de esa escultural joven estaba a menos de quince metros de la mía, así que lo más normal era que entrase en su propia casa a cambiarse antes de llamar a la mía. No tenía necesidad de pasarse por aquí para tomar algo caliente, secarse, y volver a ponerse chorreando cuando tuviese que cruzar la callejuela para volver a la suya.
Pero como solía decir mi abuela:
<De sueños también se vive hijo, no renuncies nunca a los tuyos >.
Mi abuela era la única de la familia que me apoyaba incondicionalmente en todo. Lástima que ya llevase varios años sin verla, nos dejó una carta en la que explicaba que necesitaba recorrer mundo antes de… dejar este mundo. La echaba de menos. Mis padres querían que me centrase en los estudios, y a menudo no hablaban de otra cosa que no fuese el trabajo, la facultad o el mercado inmobiliario. Mi abuela era diferente, siempre me prestaba atención y me contaba historias fantásticas y ridículas acerca de seres irreales y fantasiosos, que mamá censuraba con la mirada cada vez que la oía, mostrando su desacuerdo en llenarme la cabeza de tonterías.
Hoy sé que esas historias ni eran tan fantásticas, ni tan ridículas. Simplemente no conocía a la familia en la que había nacido. Pero, todo a su tiempo…
Eran las tres de la mañana, cuando el resplandor de una luz en su cocina me sobresaltó. Acaba de subrayar un párrafo y el fogonazo de claridad enfrente, me hizo perder la horizontalidad del subrayado. Ya había perdido toda esperanza de verla, pero parecía que esa noche tendría suerte. Estaba en la cocina, y aunque estaba seguro que no saldría fuera, por lo menos iba a verla.
Por fin apareció, allí estaba empacada en sus jeans oscuros y lavados a la piedra y su blusa negra favorita. Súbitamente, una fuerza interna se apoderó de mí y me envalentonó para bajar a hablar con ella. Rápidamente cogí las llaves de casa, un paraguas minúsculo que estaba tirado en la entrada y crucé de un salto hasta el umbral de su puerta.
Una vez frente al timbre, dudé un instante. < ¿Estaba loco?> Eran las tres de la madrugada. Quise darme la vuelta y correr. Mi desesperación por conocerla y saber si tendría posibilidades con ella, me había hecho perder la razón y precipitarme de tal manera que iba a cagarla. Finalmente, mi dedo se posó sobre el invento de Edison, muy a mi pesar. Por un lado, quería permanecer allí sintiendo las minúsculas gotitas de lluvia salpicándome, mojando todo mi rostro, mientras esperaba a que ella abriese la puerta. Por otra parte, deseaba correr y esconderme como otra sombra más del inhóspito camino. Ella debió sorprenderse tanto como yo porque escuché que algo se le caía y golpeaba súbitamente el suelo. Escuché como recogía, y quise marcharme, todavía estaba a tiempo. Parecían pedazos de porcelana china hechos añicos contra el suelo. <Ahora sí que me había lucido> —pensé.
 Al instante, escuché sus cautos y ligeros pasos, como si flotase en vez de caminar, o como si se dirigiese de puntillas hacia la puerta de entrada donde yo aguardaba impaciente, hecho una sopa en la penumbra del umbral.
Una vez se aseguró de que tal vez conocía a la persona que había tras la puerta, o que resultaba ser inofensivo, echó un último vistazo por la mirilla y me abrió.
La gran puerta blanca se destapó y reveló un afable rostro que no mostró temor o atisbo de miedo alguno. Su cara era más bien de curiosidad, más que de sorpresa. Cuando la miré directamente a los ojos, creí que el mundo entero dejaba de existir y se paraba a mi alrededor. Era infinitamente mejor contemplándola a escasos centímetros, que viéndola desde la casa de enfrente tras el cristal.
< ¿Quién dijo lluvia?> Ya nada me importaba.
Sus labios comenzaron a moverse y su boca en forma de corazón me habló,  su magnética mirada me estaba atravesando el alma, y ya se sabe que los hombres no podemos hacer más de una cosa a la vez. No escuché nada, ninguna de las palabras que me dirigía. Tan solo escuché el latido de mi joven corazón desbocado y arrebatado por aquellos laberínticos ojos. Jamás me había cruzado con unos ojos tan misteriosos y sensuales, daban vértigo. Una vez pude recuperarme del embrujo de aquella joven, me di cuenta que estaba dentro de su hogar. Aquel que tantas veces había observado desde mi habitación. El lugar que tanto había vigilado y que tan bien conocía de puertas para fuera.
 Por dentro resultó ser muy acogedor, aunque algo simple y funcional. Invitaba al huésped a sentarse y a relajarse contemplando la estancia. Apenas si había cuadros, tan solo una litografía de un bucólico amanecer. Las paredes estaban recubiertas de madera de roble, lo que daba cierta oscuridad a la estancia. Tampoco ayudaba que había pocas luces y todas alumbraban hacia el techo, dejando el suelo en penumbra. El mobiliario era adusto y parecía que fuese alquilado o comprado por internet. Todos los muebles eran simétricos y carecían de pequeñas imperfecciones y los vestigios de la personalidad de la propietaria. En su mayoría era impersonal y sobrio, como elegido por catálogo y colocado siguiendo hasta la última de las indicaciones. Era impensable que alguien con ese estilo al caminar, esa dulzura al hablar y ese modo de mirar, tuviese tan pésimo gusto en lo que refería a la decoración de interiores.
— ¿Te has recuperado ya? —preguntó con voz suave y preocupada. Un mechón de sus cabellos abandonó el resto de su melena y se posó traicionero sobre su ojo derecho, rozando juguetón su labio superior cuando inclinó su cabeza para saber qué me ocurría. Quise ayudarla a apartar ese invasor del equilibrio de su rostro, pero me pareció un atrevimiento. Tuve que hacer retroceder a mi mano—. Pensaba que te encontrabas mal, o que eras muy rarito. Por un momento, viéndote ahí tan callado y mojándote como un pasmarote, he pensado que te sucedía algo… Debes estar chorreando…
—No, no —repuse velozmente— no sé cómo explicarlo, pero… llevo algún tiempo viéndote por el barrio. Nos hemos saludado en alguna ocasión por la noche, y… me preguntaba… si te gustaría venir por casa a tomar algo esta noche… —Le sugerí como si la cosa no fuese conmigo, traté de disimular el tartamudeo con un carraspeo en la garganta.
—Mira… De acuerdo, si tan interesado estás en conocerme, ¿por qué no tomamos algo otro día, a una hora más prudente? —Respondió haciendo una pausa algo incómoda que me hizo sentir como todo un psicópata nocturno—. Lo digo más que nada porque son más de las tres de la madrugada. —sonrió picaronamente y mostró unos dientes perfectos y blancos—, ya estaba tomando algo calentito y me disponía a  dormir, así que si no te importa… Otro día… Por mí, perfecto. Eso sí, si es de noche, a una hora más temprana.
Noté como empezaba a sonrojarme por lo ridículo de la situación y porque por mi culpa le había dado un susto de muerte. Seguramente había hecho pedazos su taza de cacao caliente y tendría que limpiar el destrozo en la cocina. Decidí que al día siguiente saldría a buscarle una taza nueva.
—Tienes toda la razón. Perdona, estaba estudiando y no había caído en la cuenta de lo tarde que es, y…
—Sí, perdiste la noción del tiempo y pensaste, voy a destrozarle la taza favorita a mi vecina y así la espabilo antes de ir a dormir. —Comentó de forma irónica. Me sonrió mientras me acompañaba cortésmente a la salida.
—Sólo una última cosa —la interrumpí—, ¿cómo te llamas? Nunca hemos hablado lo suficiente para siquiera preguntar tu nombre. Siendo vecinos no es muy educado ni conocer cómo nos llamamos. Además, no hay ningún nombre en tu buzón y… Yo soy Marc —apunté mientras le tendía la mano.
Me di cuenta que acababa de meter la pata hasta el fondo, le había confesado que había fisgoneado en su buzón para saber cuál era su nombre.
—No me malinterpretes, yo sólo pretendía…
—No te preocupes… —sonrió—, yo me llamo Sasha. —contestó divertida, despidiéndose con una enorme sonrisa al cerrar su puerta.
Allí estaba yo, bajo la lluvia, como Sinatra en la canción. Estaba seguro de haber hecho el tonto. Un universitario ridiculizado a las tres de la mañana, y sin embargo me sentí el tipo más feliz de la faz de la tierra.
Cuando llegué a casa, un par de minutos más tarde, no me lo creía. Había sido tan fantástico…
<Me había dicho que quería quedar otro día a tomar algo>, —pensé en voz alta.
Tardé en volver a concentrarme tras aquel inesperado encuentro nocturno. Pensé que tal vez era hora de dejar el estudio por hoy. Justo cuando estaba recogiendo la mesa de estudio, y preparándome para irme con Morfeo, la luz de mi habitación se apagó de golpe. Todo se quedó a oscuras. Mis padres no habían sido, puesto que todavía no habían regresado. Seguramente se debiera a la tormenta.
— ¡Malditos plomillos!, siempre que hay tormenta saltan, es raro que no lo hubiesen hecho antes. —gruñí en voz alta intentando mantener la calma en medio de la oscuridad.
Tardé unos segundos en revolver el cajón de los trastos que tenía mi escritorio donde, por alguna parte, se suponía que habría una linterna de dinamo para estos casos. Evidentemente, no apareció al principio. Estaba maldiciendo mi suerte al tropezarme y volcar toda clase de objetos dentro del cajón, convencido de que seguramente otro día cuando buscase otro objeto la encontraría, cuando por fin apareció. Agarré su empuñadura de goma negra y me dirigí raudo hasta el garaje que era contiguo a la casa. Allí se encontraba el cuadro eléctrico.
Estaba bajando por las escaleras desde la segunda planta cuando miré involuntariamente hacia la casa de Sasha. Siempre hacía lo mismo cuando pasaba por aquel ventanal ovalado. Cuál fue mi sorpresa, cuando la vi salir ataviada con un largo impermeable negro que le cubría hasta los tobillos y unas botas altas de goma del mismo color.
Poco a poco, la indignación y la furia por haberme engañado diciéndome que se disponía a dormir, dejaron paso a una voraz intriga que se transformó en una lógica preocupación por que no le sucediese nada caminando de noche y sola. Así que hice lo que debía: decidí seguirla.
< ¿Dónde se suponía que podía ir una chica joven y atractiva, sola y a las cuatro de la madrugada, en una noche como esa?>
Cuando salí de mi casa lo peor de la tormenta había pasado. Ahora apenas si llovía. La atmósfera había cambiado, la noche se había vuelto mucho más cálida, el cielo estaba más abierto. Sentí que mi mente se despejaba, el intenso y cálido olor a tierra mojada invitaba a pasear aunque el reloj de mi muñeca se aproximase amenazante a las cinco de la madrugada. Mis padres tal vez estuviesen a punto de regresar, si no me encontraban en casa tal vez podrían preocuparse. Por mi edad podía salir y entrar cuando quisiese, pero entre semana no acostumbraba a salir de noche con un tiempo de perros y menos a esas horas. Pensé que debería haberles dejado una nota al menos. Pero ya no podía regresar, si lo hacía, corría el riesgo de perder su pista.
No sabía muy bien porqué la seguía. Jamás había hecho nada extraño, cosas más bien relacionadas con obsesos o viciosos perseguidores de jóvenes atractivas en mitad de la noche. Como si de una película de serie B mala se tratase…
Pero había algo que me instaba a seguirla. Necesitaba saber que se encontraba bien. Que regresaba a salvo tras su paseo nocturno. Acababa de saber su nombre y su magnetismo me impedía abandonar esa excursión nocturna tras una chica a la que necesitaba proteger sin saber por qué. Todavía retumbando algún trueno en la distancia, salí de casa a toda prisa con el tiempo justo de agarrar un chubasquero. Iba a seguirla a una distancia prudencial no quería que pensase que era un acosador o algo por el estilo, pero lo suficientemente cerca para intervenir en caso de que se encontrase en dificultades. No sabía qué pretendía, pero problemas era lo único que podía encontrar a esas horas.
Cuando salí, solo me dio tiempo de atisbar sus cabellos rubios al doblar la esquina. La seguí con la cautela de un felino por la estrecha avenida, semioculto tras los inmóviles coches aparcados. Me iba mojando al pegarme a los vehículos y mis botines de piel chapoteaban en los caudalosos charcos bajo los coches estacionados. Notaba cómo mis pies se mojaban, pero no quería hacer ruido.
Cuando todo parecía indicar que seguiría andando en línea recta, siguiendo el sendero solitario de la avenida, simplemente para pasear y pensar en sus cosas, giró a la derecha. Tomó dirección al viejo parque. Ahora sí que me tenía realmente intrigado. No era normal que una joven paseara sola a esas horas, pero lo era aun menos que se adentrase en un parque tan grande, tétrico e inhóspito como aquel. Nadie en su sano juicio lo habría hecho.
En la distancia oí las campanadas de la vieja iglesia que estaba cerca. Me pareció verla taparse los oídos, pero no pude apreciarlo bien pues ya se adentraba en el bosque y la oscuridad que rodeaba al lugar me impedía ver con claridad. De todas formas, no podía acercarme más o me descubriría.

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