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Sunday, 11 May 2014

Capítulo 2 de Hechizo de Sangre






2

Debió transcurrir más de una hora desde que me durmiese, el alba se aproximaba. Algo que se movía en la oscuridad de la cripta me despertó. Había alguien o algo más en aquel tenebroso lugar, conmigo, y se aproximaba con el sigilo y la cautela de una víbora acechando a su inocente presa.
 < ¿Sería ese tipo ponzoñoso que venía de nuevo a por mí?> —Me pregunté angustiado.
No podía creer lo que me estaba pasando.
 <Si hiciera caso a mi padre y me centrase en los estudios en vez de seguir a  las chicas… me ahorraría todos esos quebraderos de cabeza, y nunca mejor dicho > —pensé.
Tenía que hacer algo rápido para salvarme. No podía gritar o alertaría a todos. No podía pedir auxilio puesto que no tenía el móvil. Ni siquiera tenía nada con qué defenderme, salvo aquella ridícula linternita. Aquella cosa estaba justo encima de mí, no había tiempo. Decidí encender la linterna como única defensa. Jamás pensé que moriría de esa forma, es más, jamás había pensado hasta ahora en que moriría… Si acaso, en alguna somnolencia de la sobremesa en el sofá, había pensado en cierta ocasión que fallecería de viejo en una esquina de un asilo, rodeado de recuerdos y las fotos de mis familiares y seres queridos.
Pero eso que me acechaba estaba ya demasiado cerca para evitarlo.
 < ¿Debía resignarme a morir?> —me dije— < ¿Era ese mi ridículo fin?>.  Cuando creí que ya estaba todo perdido, reconocí su aterciopelada voz aliviado. Era ella… Sasha.
Un intenso olor a cera quemada inundó mi olfato. Aliviado por el breve descanso al no tener que oler más esa nauseabunda pestilencia que nos rodeaba, inhalé el penetrante olor a cera quemada con desesperación. Seguidamente, noté cómo sus manos acariciaban mi sucio rostro. Sentí una eléctrica sensación que me recorrió todo el cuerpo, lástima que la cabeza casi me estalló cuando la sacudida de los nervios pasó por mi cabeza. Me atreví entonces a abrir los ojos. La cegadora luz de la vela tan próxima a mi rostro, me hizo retroceder un poco.  No podía ver con semejante claridad ya que mis ojos se habían acostumbrado durante la última hora a estar rodeados de un abismo de oscuridad. Una vez mi visión se adecuó a la luz, pude observar con mayor detalle la cripta dónde me encontraba. Decididamente era un lugar espeluznantemente aterrador. Uno de esos lugares que ves en una película de terror y en el que nunca te imaginas que podrás estar realmente. Sasha se sentó en el suelo, a mi lado, y empezó a conversar como si aquel lugar fuese el lugar más indicado para una primera cita y nos hubiésemos encontrado en un bar de copas en vez de estar rodeados de féretros.
—Veo que te has despertado. —Observó mirándome la cabeza—, siento mucho lo del golpe. Radgüll sólo pretendía protegerme. Por la apariencia y la cantidad de sangre parece que has tenido una gran hemorragia, pero ahora no corres peligro.
Parecía una experta en heridas sangrantes. Sentí la tentación de replicarle que yo era el proyecto de médico de los dos, pero al contemplar aquellos ojos azules como el cielo de la mañana después de una buena tormenta; tan llenos de vida, no pude rebatirle. Permanecí ensimismado, contemplándola como quien observa la última visión de su existencia.
Sacó algo del bolsillo. Un frasco pequeño de dudosa procedencia apareció ante mí. No tenía etiquetas ni ningún símbolo identificativo.
—Si tomas este brebaje, te curarás del todo, es un revitalizante. —Dijo mientras me acercaba un frasquito de cristal verdoso oscuro— con esta medicina recuperarás toda la sangre perdida en pocos minutos.
Asentí con la cabeza, incapaz de pronunciar palabra alguna. No sabía por qué pero confiaba total y ciegamente en ella. Ni se me pasó por la cabeza que tal vez aquello pudiera ser un veneno para acabar con mi vida de forma rápida y limpia.
—Supongo que te preguntarás qué significa toda esta situación, las preguntas se agolparan en tu mente. No te preocupes, pronto lo sabrás… estoy dispuesta a contártelo todo.
—No te preocupes, no hay nada que explicar —mentí— solo desearía marcharme, tal vez debería ir a un hospital…
Empecé a notar una levísima mejoría, e intenté incorporarme todo lo rápido que pude. Al verme, me ayudó de inmediato.
— ¿Desde cuándo te gusto? —Preguntó sin más rodeos—. Supongo que después de esta extraña situación, ya no te gustaré tanto —dijo envolviéndome con su mirada. Realmente era una ilusa si pensaba que a pesar de esa situación tan desconcertante mis sentimientos hacia ella había cambiado un ápice.
—No creas que vas a dejar de gustarme porque tu amigo sea un bestia y le guste zurrar —bromeé, notando que mi rostro volvía a los tonos magenta de nuevo.
—Háblame de ti, cuéntame qué tal es tu vida, —preguntó con el interés repentino de quien quiere ser amigo de alguien por alguna necesidad. Se acercó hasta un féretro y tomó asiento sobre tan siniestro asiento.
—Hay poco que contar —expliqué— mis padres tienen un negocio inmobiliario en el centro. Yo dedico mi tiempo a estudiar y asistir a la universidad de medicina. Mi nombre es Marc, aunque creo que ya lo sabes. El resto de nuestra familia vive en Italia. Mis padres son descendientes de italianos, pero yo soy americano.
— ¡Italia! Adoro Italia —exclamó Sasha— me encanta ese país y sus gentes tan vitales y alegres.
—Hablas como si hubieses estado allí varias veces —dije sorprendido ante la idea de que algo más nos unía.
—Estuve allí, hace más de veinte años pero… —Se detuvo de repente— quiero decir hace bastante tiempo, no en sentido literal. Parece que fui allí hace más de veinte años. Supongo que habrá cambiado muchísimo…—se corrigió mientras jugueteaba con sus cabellos, cualquier cosa para distraerme—. Lo que más me gustó fue Venecia, tan bellísima de día, pero tan misteriosa y sensual por la noche.
—Yo nunca he estado allí. Mis padres no han vuelto a visitar a su familia, al menos desde que nací yo. Siempre son ellos los que quieren venir a visitarnos. Ya sabes, esta ciudad está tan cerca de Nueva York que siempre hay algún primo que viene a visitarnos con esa excusa, así obtienen alojamiento gratuito para poder visitar la gran manzana. Ese es el motivo por el que mis padres no han necesitado ir hasta el país de mis abuelos para volver a ver a la familia. Además el viaje resulta muy costoso. Por unas cosas y otras al final el tiempo ha ido pasando y no he ido nunca. Pero quiero ir a perfeccionar mi italiano, y a conocer mis raíces… ¿Por qué no me hablas ahora un poco de ti? —le pregunté, tratando de averiguar más sobre sus gustos y aficiones. Todavía pensaba en una futura cita, olvidando la situación en la que me encontraba.
—No seas impaciente. Si de veras quieres saber algo de mí, podrás esperar a mañana… —dijo misteriosamente— supongo que estarás cansado, deberías volver a tumbarte —sugirió mientras me ayudaba a recostarme sobre sus piernas.
Como si por algún hechizo mágico se hubiese tratado, tras escuchar sus palabras noté una enorme paz interior. Todos los músculos de mi cuerpo se fueron relajando hasta que mi mente dejó poco a poco de agitarse. Placenteramente me sumí en un agradable sueño. En los últimos instantes en que el sopor se apoderó de mí, sólo pude ver sus preciosos ojos mirándome fijamente. Al lado, el milagroso frasquito del reconstituyente. Y mi último pensamiento llegó para martirizarme: ¿y si en vez de medicina… el frasco contuviese veneno?

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